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sábado, abril 13, 2013

Manifiesto de un Ahogado

Reconozco, amigos míos, que conozco bien la causa por la que se me enjuicia: no sé cumplir los deseos de la gente. No me entiendan mal, como toda buena persona siempre he tratado de interpretar el papel de estrella fugaz y de genio de la lámpara por igual, no debería extrañarles que no haya obtenido un mejor resultado que todos los otros: el fracaso. Hoy me paro frente a este estrado de amorosos seres y de impíos adversarios por igual, para confirmar la más abrumadora sentencia: esto es lo que soy.

Me encantaría tener múltiples trajes de mí metidos en el placard. Así cada que me toque visitar a alguien, sería cuestión de calzarme el disfraz que más se adapte a lo que se espera de mí. Desgraciadamente, eso tiene dos problemas: el primero, necesitaría un armario estúpidamente enorme para todas las variedades y caprichos -eso sin contar que pueden cambiar de un día para el otro-; el segundo, les estaría mintiendo a todos y, -peor aún- a mí mismo.

Antes siquiera de que llegara a este mundo, las expectativas de lo que debía ser ya me estaban esperando. No me imagino la cara de mi papá cuando vio que su dulce y hermosa niña tan soñada portaba entre sus piernas un presuntuoso y despreocupado pene -colgando descaradamente al aire mientras se acostumbraba al nuevo ambiente fuera del refugio maternal-. Y yo sé que después me quisieron mucho y agradecían haber tenido un chico sano y todas esas cosas que dicen las mamás cada que alguna amiga les chulea al tamal pelón que traen cargando a todas partes hasta que aprende a caminar, pero debería ser ilegal que los padres conocieran el sexo de su bebé antes de nacer para que no tengan que andar cambiando el color del cuarto y dejándole toda la ropita a esa prima -o esa hija de la chingada, como diría alguna tía honesta- que para comprar (con tanto sudor) se encargaron de endeudarse con la tarjeta de crédito.

Luego el niño crece y se vuelve la fábrica de mocos más adorable del mundo. Y entonces, de la nada, le sale una plasta negra en la cabeza que parece cabello. Ah, pero claro, las expectativas regresan de visita y le recuerdan a la primeriza madre: "¿qué no querías que tu Chenchito tuviera el cabello rizadito y peinadito cual príncipe encantador?". Y ahí va la mamá y sale corriendo con la curandera de la colonia que le da la receta con la que los aztecas dejaban radiantes a sus xolos. "Vas y le rapas toda la cabeza, te compras un jitomate, lo picas en cuadritos y se lo pones en la cabeza, como si lo quisieras hacer a la mexicana, luego le jalas las medias a doña Gertrudis y le pones una en la cabeza al Chenchito y verás como cuando crezca le quedan los pelos bien chulos". Afortunadamente, el bebé sólo se siente hombre del espacio y no razona el aspecto ridículo que ha sido obligado a portar por tres semanas. Quince años y treinta litros de gel después, a Chenchito le siguen jalando los pelos antes de irse a la escuela y su mamá le recuerda todo el esfuerzo: "yo que te ponía tu jitomatito todos los días para que quedaras como los galanes de la tele y tú ni te peinas". Y sí, en lo profundo de su mente, todavía se sigue preguntando por qué no salió güero, a diferencia de ella y de su esposo. Otra expectativa estrellada en la pared.

Los padres pasan más o menos un año esperando a que su "retoño" decida pararse sobre sus piernas y dar sus primeros pasos. Cuando esto sucede, le celebran la gracia con aplausos y ríos de helado, lo que motiva al infante a mejorar cada vez más su espectáculo. El fin de semana sale de gira a presentar su número a tíos, abuelos, primos y cualquier incauto. Después de tanta práctica, el bebé domina el arte de caminar y empieza a hacerlo más rápido. Curiosamente, lo que antes eran sonrisas, pasan a ser gritos. Como buena estrella, el niño conoce su primera caída de la fama y la popularidad. Los papás-razzi ya no lo persiguen con cámaras cada que hace un movimiento, en cambio, lo acusan de asesino de jarrones y ladrón de galletas. Y aquí es donde empieza la etapa del "quédate quieto" y sus amigos: "salte de ahí", "no te vayas tan lejos", "sólo donde yo te vea" y "siéntate y cállate". ¿Por qué insistías tanto en que moviese mis piernitas si ahora que ya te cansaste de la gracia no me dejas caminar? ¿Será que nuevamente no cumplo tus expectativas?

Se me olvidó mencionar que al mismo tiempo, como el acto de mover las dos piernas coordinadamente, acelerar, tropezar y volar por los aires ya no es suficiente para arrancar sonrisas y llamar la atención, el bebé empieza a buscar nuevos trucos. Como si algún destello celestial le hubiese dado la respuesta, los balbuceos de siempre articulan un par de sílabas: mamá. Y las ovaciones vuelven, el público enloquece y el niño súper estrella regresa a estar en los encabezados. Por si fuera poco, la audiencia masculina aclama la repetición del número, esta vez con un nuevo par de sílabas: papá. Y justo cuando Chenchito creía que había pasado a la historia, justo cuando estaban por llamarlo a hacer su espectáculo en las Vegas junto a Celine Dion, ahora que domina alrededor de dos mil palabras diferentes y puede ponerlas en un orden coherente y entendible para otros humanos mayores, alguno de sus padres corta las ilusiones de fama eterna: "que te calles, he dicho". A esto le siguen: "guarda silencio", "compórtate", "me tienes harto" y "cierra la boca", entre otros, dependiendo la amplitud del léxico de los progenitores.

Y todavía no he pasado del primer año, pero lo que quiero dejar claro ante esta corte, honorables señores, es que mi pecado no es nuevo. Nunca he podido cumplir expectativas y, sin embargo, esta no es la peor de mis ofensas, el asunto es que no es de mi interés tener contentos a todos porque sé que es una tarea que me costaría la vida y mi persona. Yo ya no tengo vuelta atrás, pero no condenen a los nuevos seres a ser parte del club de los ahogados.

El niño crece y los padres siguen llenándolo de expectativas. Que si no se queda quieto y quiere explorar el mundo: "¿por qué no te comportas?". Que si hace travesuras: "¿por qué no puedes ser un niño bueno?". Que si se come todas las galletas de la alacena, que si le asustan los monstruos del cuarto de lavado, que si le da miedo el gigantesco grano de la señora de la tienda, que si todo el día habla de su amigo el extraterrestre. 

Querido juez, imploro que usted haga algo por salvar a estos seres tan vulnerables, les estamos arrebatando la esperanza en la bondad, les estamos sometiendo a nuestras frustraciones y a nuestros miedos. ¿Por qué no podemos entender que sólo son niños? No tienen por qué comportarse de acuerdo al sistema y a los estatutos morales, no tienen por qué ser como nosotros queramos, no tienen por qué ser lo que no fuimos porque nuestros padres hicieron lo mismo con nosotros.

Estoy tan cansado de las expectativas, señor. Porque soy imperfecto, porque sé que nunca voy a poder cumplir las de todos. ¿Por qué no podemos amar al otro por lo que es y como es? ¿Por qué no podemos ceder a nuestro egoísmo y simplemente entender que diferente no es malo? 

Señor, hay mucha gente muriendo allá fuera y pasando hambre. Gente exponiendo su cuerpo a cirugías plásticas, arriesgando su salud porque sus allegados esperan que sea bella, porque no supieron ver que ya lo era para alguien, sólo que su definición no coincidía con la del mundo en el que le tocó estar. Gente negándose a comer y vomitando para que alguien les diga algo bonito. Gente matando otra gente para cumplir con la labor que una patria humana supuestamente espera de ellos. Gente durmiendo poco para cumplir los caprichos materiales de las bocas que aparte de todo tiene que alimentar. Gente esperando algo, siempre esperando, ¿y qué hay de dar?

Soy un ahogado, juez. Y estoy orgulloso de serlo. Por mucho tiempo no lo estuve y lo escondía. Por mucho tiempo traté de cambiarlo. Hoy ya no.

Invito a todos ustedes, honorables seres del jurado a mirar un poco en sus entrañas y preguntarse ¿qué esperan otros de ustedes? ¿Qué esperan ustedes de los demás? Abandonen por un momento esas expectativas y agradezcan que a su alrededor hay gente amándolos, gente que probablemente está sufriendo por cumplir sus expectativas a cambio de que ustedes les digan que los aman también, de que valoren su esfuerzo. Sean piadosos y abandonen esas expectativas para siempre, acepten a aquél que tienen a su alrededor, porque no es perfecto y nunca lo va a ser, igual que ustedes.

Hagan las cosas porque les nace y no porque estén obligados a hacerlo. No obliguen a los otros a hacer lo que no quieran. Si algo no les gusta de ustedes, cámbienlo, pero háganlo porque ustedes quieren, no para agradar a los demás. Un amigo es aquel que te acepta sin importar lo que eres y que no espera nada más de ti que lo que puedes dar. Ya sé que esto está lleno de contradicciones. "¿Cómo carajo quieres que espere algo si dices que no espere nada?", lo siento, el diccionario no tiene suficientes palabras. Y eso está bien, porque hay cosas que simplemente no podemos expresar.

Abandonemos nuestra educación judeocristiana occidental que está llena de vicios. Les contaré por qué. Nos han enseñado que Dios nos espera en el cielo y espera que seamos buenos, que amemos al prójimo como a nosotros mismos. Nos han enseñado que Dios está lleno de expectativas sobre nosotros, que para acabarla escribió en un libro enorme, el más vendido de todos los tiempos para que no se nos olvidaran. Y si nos hizo a su imagen y semejanza, ¿cómo podemos esperar que nuestra cultura no esté plagada de expectativas sobre los otros y sobre nosotros mismos? Por eso todo el mundo a nuestro alrededor siempre nos decepciona, por eso nuestra vida siempre nos decepciona de alguna u otra manera, porque pasamos desperdiciándola en esperar que la felicidad llegue a nosotros en lugar de utilizarla en lo que es realmente importante: vivir.

Esperar nos mantendrá siempre pasivos, siempre viviendo de ilusiones, en lugar de vivir este momento. Si nuestra vida no es como quisiéramos, hay que tomar acción, cambiarla y agradecer por lo que somos y lo que hemos sido, porque al final es producto no sólo de nuestros placeres sino también del dolor. Bien dicen que el que no hace lo que quiere, termina en donde no quiere.

En cuanto a mí, el ahogado, no espero nada de ustedes. Y si son puristas, dirán "si no esperas nada, entonces están esperando algo". No jodan y si quieren escuchen y si no, pues ya ni modo. Me llena de dolor ver a mis amigos, familiares, pareja y conocidos sufrir por querer ser algo que nunca van a ser, ni yo lo seré tampoco: perfectos para los demás. Disfrutemos hoy nuestra individualidad, abracemos nuestros defectos y los de los que nos rodean, agradezcamos por las virtudes y crezcamos hacia algo mejor. Cabe recordar que me refiero a mejor para nosotros, porque probablemente no sea lo mejor para otros y eso está bien. Dejemos está terrible codependencia cultural en la que buscamos aprobación para ser felices, en la que traicionamos nuestra esencia para darle gusto a los demás, no temamos perder gente en el camino. En cuanto uno empiece a ser lo que realmente es, llegará gente que piensa como nosotros, otra a la que probablemente no le gustásemos tanto se irá, pero debemos afrontar las pérdidas con valor y darle la bienvenida a las nuevas caras.

Soy un ahogado. Y pienso. Y lloro. Y me río. Y soy humano igual que ustedes. Y sé que nunca seré perfecto. La gente me llama arrogante y narcisista por no darle gusto a nadie. Por favor, no pidan más de lo que tengo que ofrecer, que siempre es lo mejor de mí. (Y ustedes dicen: "ya estás esperando algo", pero no realmente, si no lo hacen, igual son bienvenidos) Y lo mejor de mí, soy yo.

domingo, agosto 19, 2012

Costillas

Mi corazón no paraba de gritar. Tan cansado estaba ya de escucharlo y no poder darle lo que quería que decidí encerrarlo en mi pecho. Para que no se sintiera mal, me propuse engañarme. -¿Qué son estos barrotes?- me decía. -Barrotes no son- le dije- son costillas-. -¿Y qué es eso?- replicó. -Son para protegerte, andamos muy agitados y no quiero que te lastimes- me escuchó contarle.

Mi corazón paseaba tranquilo entre las rejas. Un día se dio cuenta que le mentía y empezó a inquietarse. Decidí no escucharle. Pero él seguía golpeando, fuerte, muy fuerte, como queriendo escapar. Yo no lo quería más, decidí ahogarlo con sangre, pero él se resistía, sangre que le daba, sangre que me devolvía. -Corazón, detente ya- le dije- ¿qué no ves que me lastimas?-. -¿Acaso me crees estúpido?- contestó- hay que estar ciego para no darse cuenta que me has hecho preso-.

No tenía caso discutir. Sin embargo, me costaba liberarme, liberar mi corazón. Decidí ponerle fin al asunto. -No lo hagas- me imploraba- podemos hablar, juntos podemos arreglarlo-. Yo no le presté atención, lo amaba tanto que necesitaba dejarlo libre. La acera no se inmutó cuando la llené con mi sangre. No se molestó, no le importó. Las ambulancias pronto cubrieron el frente del edificio. Mi corazón fue libre, sí. Para nada le servía ya. Ambos fuimos felices, él partió hacia algún lugar mejor y yo no tendría que escucharlo más.

Ahora que lo pienso bien, yo también jamás realmente me creí eso de las costillas.

sábado, agosto 18, 2012

Hambre

Ese día me harté. Tenía tanta hambre de vivir que fui a la cocina y saqué todo lo que tenía a la mano. Puse todos mis prejuicios sobre un plato. Eran tantos que mejor tomé sólo dos: no puedo y no me importa. Puse uno de ellos en mi mano y lo unté con mis problemas. Lo aderecé con desesperanza y desesperación. Me lo tragué todo.

Después de tan amarga merienda, fui al sillón y me eché a dormir. El menú había sido tan pesado que después de un rato me dieron ganas de devolverlo todo. Corrí al baño y me incliné sobre la taza y sí, justo como pueden pensar, me disponía a terminar con el malestar. Y sin embargo, el retrete quedó ennegrecido. En lugar de ácido, había escupido fuego.

No me sorprendió tanto cuando me di cuenta. Después lo entendí. Mi alma ardía en el infierno. Tal vez debí haberle puesto otra cosa al emparedado y guardar el no me importa para enjugarme la boca en ese momento. Pero antes no sabía que eso iba a pasar. Uno nunca lo sabe con anterioridad y siempre, siempre sucede.

Entonces ahí estaba otra vez, con el alma en el infierno, mis problemas tirados a la mierda y nuevamente, hambre de vivir.

lunes, febrero 13, 2012

El Clímax

Ese día como muchos otros, el muchacho pasó por enfrente de la librería. La miró a través del cristal. Tenía puesta su chaqueta roja. No era la primera vez que la veía. Tardó treinta segundos en darse cuenta de lo torpe que se veía pasmado frente al edificio, que estaba pintado de tonos rústicos. Se armó de valor, revisó su billetera y se dispuso a entrar.

La estuvo admirando algunos minutos más antes de acercarse a ella. Era tan hermosa: esbelta, alta, elegante. Se veía realmente interesante. Estuvo pensando seriamente en qué diría, pero creyó conveniente mantenerse en lo habitual. Finalmente, extendió la mano y tocó su espalda. El sobresalto fue el mismo para ambos. Estaba decidido. La llevó al mostrador. Después de algunas palabras, salieron juntos hacia un café.

Hacia frío esa tarde. Los tonos grises de la calle dejaban a uno con cierta nostalgia. Se sentaron uno frente al otro y las palabras comenzaron a brotar de ella. Él estaba encantado, no podía creer lo fascinante que era. El muchacho ordenó café. Sintió que era mejor dar cientos de pequeños sorbos para prolongar ese momento inicial. El líquido caliente rodando por su garganta, la música de Chopin vibrando en el fondo y las palabras. Las palabras cálidas de ella contrastaban con la bruma envolvente. Ninguno de los dos podía seguir esperando. Ambos sabían lo que seguía. La llevó a su casa.

Palabras y palabras durante todo el camino. El chico abrió la puerta torpemente, pues no le podía quitar los ojos ni los dedos de encima. Se sentaron juntos. Él hizo el primer movimiento. Pasó las yemas de los dedos por su piel de alba, primero el rostro y luego lentamente hacia abajo por todos los rincones. La tensión aumentaba con los segundos y el seguía rodando de lado a lado por todo su cuerpo. Tuvo que detenerse un instante, la emoción era demasiada. Le dio la vuelta y recorrió su espalda. Miraba cada detalle con atención, como si cada uno de sus lunares negros debiera decirle algo.

Subieron a la habitación y la arrojó a su cama. Cualquiera pensaría que se le iría encima, pero se tomaron su tiempo. Con tanta pasión, tanta ansiedad con una pizca de bobería, no sería sorprendente que fuera su primera vez, mas no lo era. Él había estado con muchas otras ya. Al parecer ella no, quizás porque pasaba todo el día en la librería. La tomó entre sus manos y con una delicada firmeza, separó sus piernas hacia los lados. Clavó la cara entre ellas y recorrió sus lunares con la mirada. Siguió acariciándola, a veces con detenimiento y en las escenas más placenteras, con un desasosiego inconcebible. Él ya no podía esperar el momento final y encima se acababa el tiempo. Sin embargo, no pensaba detenerse. Estaba por llegar al clímax. Siguió recorriéndola poco a poco, después más de prisa, pero se cansaba fácilmente. Había dejado la práctica algún tiempo y era notable. El desenlace estaba cada vez más cerca, sus cuerpos estaban casi fundidos y no había ruido que pudiera distraerlos. Después de un rato, el final llegó. Se tiraron uno junto al otro, exhaustos.

Él exclamó con un suspiro: "¡Ah, qué buena novela!".

lunes, enero 02, 2012

Tres segundos

-¡Mamá! No me diste sopa- dijo un joven Rodrigo Aceves, el tres de febrero de mil novecientos ochenta. Ese día como muchos otros, los trastos sonaban en la cocina mientras su madre servía un lánguido caldo para cada uno de sus seis hermanos -de los cuales Rodrigo era el menor-. "¿Cómo te fue en la escuela? ¿Cómo está María? ¿Ya recogiste la ropa de la tintorería?" Eran algunas de las preguntas que podía oír hasta el cartero desde fuera de la casa. Ese día, el muchacho dejó la mesa, indignado por la gran indiferencia que su familia manifestaba ante su presencia. Después de la comida, la señora Aceves limpiaba con cariño un retrato, para después dejarlo sobre la mesa -junto a un pequeño tazón de fideos- y llevarse de nuevo su pesar.

-¡Vicente, bájale a la guitarra!- gritó Rodrigo. Diez, veinte, treinta, cuarenta segundos duró su paciencia. Cinco, seis, siete veces tocó la puerta de su hermano. No abrió, ni siquiera parecía inmutarse. El chico regresó a su habitación para seguir con la tarea de Biología. -Seguramente trae los audífonos puestos- dijo para sí mismo. Mientras tanto, Vico -como le decían- afinaba nuevamente las cuerdas, con un oído pegado a la caja de resonancia, para no perderse una nota. 

-Oye, papá, dame para unas cartulinas, por favor. Tengo que hacer un cartel para mañana- dijo el pequeño Aceves esa noche. Su padre saltaba del cinco al cuarenta y del dos al siete, sin despegar un dedo del control remoto. -Pa, ¡ándale! No seas malo. Ya se me acabó lo de la semana- insistía Rodrigo. El señor Aceves tosió con fuerza y luego agitó la mano izquierda repetidas veces. -Hoy todo el mundo anda de malas conmigo- musitó el hijo y abandonó la habitación. Tres segundos después, el mosquito que rondaba al padre por fin lo dejó en paz. -Me traes unos rollos de fresa, agarra dinero del cajón de la cocina- exclamó el padre Aceves finalmente. Rodrigo alcanzó a oírlo antes de subir las escaleras. Fue a donde le indicaron y tomó el efectivo necesario. Luego, abandonó la casa y cerró la puerta tras de él. Tres segundos después, Juan -el mayor de los hermanos Aceves- tomó dinero del cajón de la cocina, como le había dicho su papá, y dijo "¡ahorita vengo!". Abrió la puerta y pudo oírsele murmurar: "qué raro, yo la dejé abierta".

Cuando Rodrigo regresaba de la papelería, vio a su mejor amigo debajo del coche rojo en el que solían salir los viernes. Al parecer, tenía una avería en la parte delantera. 

- ¡Qué onda, chavo! ¿Nos vamos a ver el viernes?- dijo Marco, el amigo.
- Pues yo creo que sí, todavía no aviso- contestó Aceves.
- Me avisas que te dicen, ¿va?
- Va, ¿ya le dijiste a Julio?
- No, pero igual al rato le llamo. Voy a llevar a Eli, si no les molesta.
- Para nada, ya sabes que me cae súper bien.
- Sale, amigo, gracias. Ahí nos vemos entonces.
- Ok, cuídate. Ya me voy a mi casa. Suerte con el coche.
- Sí, ya casi termino de arreglarlo.

Rodrigo siguió caminando, feliz de que alguien por fin le había prestado atención. Siguió cantando: "Imagine me and you, I do. I think about you day and night, it's only right". Marco colgó el teléfono. Tres segundos después, Miguel le estaba avisando a su padre que el viernes saldría con Marco, Eli y quizás Julio.

El pequeño Aceves encontró la puerta cerrada. Como no traía llaves, tuvo que entrar por la ventana del cuarto de huéspedes, que siempre estaba abierta. Siendo tan delgado, quizás él era el único que cabía por tan diminuta abertura. Tuvo que pasar por la cocina para ir a su cuarto y encontró el periódico -que acostumbraba acumular para reciclarlo- sobre la mesa. -¡Ah! ¡Pero es que ni eso pueden hacer!- refunfuñó mientras llevaba el cúmulo de papel hacia la bandeja donde lo guardaba. Todo cayó al piso. Mientras lo recogía, pisó un ejemplar de El Gráfico. Lo tomó entre sus manos y lo contempló varios minutos, para después agitarlo con fuerza. -¡Qué chingados es esto!- gritó enfurecido.

Corrió hacia el cuarto de su madre. Necesitaba una explicación. La puerta estaba abierta y su madre, entre sollozos.

- ¡Mamá! ¿Qué es esto? ¡Explícame!
- Perdóname, sé que nunca te puse atención.
- No te preocupes, mami. Dime de qué se trata, por favor.
- Tu papá me estaba diciendo de cosas y creí que si le colgaba, se iba a enojar más.
- Ya pasó, no importa.
- Te juro que no lo vi venir.
- Me estás asustando.
- Traté de evitarlo, pero sólo fue peor.
- Mamá, escúchame. Soy yo el de la foto, ¿lo ves?
- Luego llegaron los periodistas.
- Sí, lo sé.
- Había ambulancias y patrullas. El chico del otro coche estaba bien. Sólo tenía un par de rasguños, quizás un poco lastimado el hombro. Yo estaba inconsciente, pero de vez en cuando oía lo que decían los policías. "Un muerto", decían, "un muerto". Debí colgar cuando me dijiste, debí escucharte. Tu ibas adelante y eras tan pequeño. Sólo vi un par de luces venir hacia nosotros. Me fui hacia la banqueta, traté de esquivarlo. No sabía que esa calle no tenía semáforo. No fue el coche gris el que te quitó la vida, fue el rojo. Cuando desperté, deseé no haberlo hecho. Me llevaron a ver tu cuerpo. Eso ya no eras tú, era una piedra, un rastro que ofende a tu existencia.
- ¿Estoy muerto, mamá? ¿Eso es lo que quieres decirme?
- Les dije que si eras tú. Luego tu papá me abrazó, por encima de mi brazo roto. Yo sólo quería matar a ese maldito. Cobrarle tu vida. Venía borracho. Le juré a tu papá que no descansaría hasta verlo en la cárcel. Sonriente se fue el muy maldito. En cambio, se llevaron al del coche rojo. Treinta años de sentencia.
- ¿Pero cómo? Yo no recuerdo nada.
- Viviste tres segundos más después del accidente. Seguramente ni tiempo te dio de darte cuenta. Ojalá. Rezo y ruego porque no hayas sufrido. Todavía puedo oírte cantar, ¿cómo iba? 
- Imagine me and you, I do. I think about you day and night, it's only right.

La señora Aceves siguió llorando con el retrato entre las manos. 

- ¡Perdóname! ¡Por favor!
- Te perdono, pero eso no sirve de nada si no te perdonas tú.

Rodrigo Aceves le dio un beso a su madre en la mejilla y se desvaneció. Había muerto el primero de enero de mil novecientos ochenta. "Caravana en Año Nuevo" decía el titular.

Decir "te amo", "te quiero", "perdón", "me importas" o "te extraño" toma menos de tres segundos.

domingo, diciembre 04, 2011

Veneno

Este es un trabajo de ficción. Los personajes, incidentes y diálogos son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es arrogancia, la realidad siempre supera la ficción.

Sofía Guillén fue diagnosticada con una enfermedad rarísima un veinticinco de marzo del año de la liebre. Los doctores decían que jamás habían visto algo similar. -Se le achicaron las entrañas- contaban algunos. -Más bien se le ha hecho grande el corazón- coincidían otros.

Sofía -fuera de la pesada tristeza que cargaba en la espalda- se sentía físicamente en orden, lo que quizás no le hizo mella de ir al doctor. La placa que dormía sobre su escritorio decía que era administradora, pero su ser indicaba algo diferente. -¡Primero muerta que veterinaria!- gritaba su padre. -Además, ¿de qué vas a vivir? No hay lugar para ti en este país- y la mandaba a dormir. Diez minutos más tarde, su madre subía a acariciarle la cabeza, lamentándose de que ella sería la que tendría que cuidar al animal que vivía en su casa. ¡Cómo hacía falta una veterinaria!

Dos años atrás había llegado un insecto grande y blanco a la tienda de mascotas donde la chica trabajaba. Tenía un aspecto amable y hasta familiar, incluso tierno. Sofía estaba por agarrarlo cuando su jefe gritó: ¡aléjate de esa criatura! Ella dio un salto hacia atrás. -¿Qué no sabes que el Fagus feminus tiene un veneno muy poderoso en su interior? Una sola gota haría desearte estar muerta. Ten cuidado, niña- le indicó el encargado.

Sofía hizo caso a la advertencia. Sin embargo, cada día ofrecía menos resistencia a su curiosidad. Se metió a la Wikipedia y encontró un articulo sobre el dichoso animal. "El Fagus feminus es un insecto engañoso, pero tremendamente letal". -¿Qué tanto daño podía hacer una criatura aparentemente tan frágil- pensaba. Finalmente, sucumbió a su impulso.

Un día que su jefe salió de compras se acercó a la prisión de cristal. Sacó al animalillo de su encierro y este le agradeció haciéndole cosquillas en la palma de la mano. A Sofía le pareció fantástico. Estuvieron juegueteando un rato y ella se convenció de que era inofensivo. Justo cuando iba a devolverlo, la criatura le rogó que no lo hiciese, que sufría mucho allá adentro. No, no hablaba, pero la chica sabía entender bien a seres tan vanos. Antes de que regresase el encargado, Sofía escribió una factura por la compra del insecto. Gastó todos sus ahorros en él.

Al día siguiente, su jefe le preguntó qué había sucedido con el Fagus. Ella le contestó que lo había adquirido una pareja de arqueólogos alemanes. A pesar de la extrañeza de la historia, le creyó.

Sofía y Fagus comían y dormían juntos. Incluso, ella empezó a contarle sus cosas cuando llegaba a casa después de una jornada larga. Claro, hasta que se reconocía estúpida y callaba. Estaba encantada con el animalillo. Le impresionaba cómo algo tan pequeño podía hacer cosas tan grandes. Y le fascinaba cómo le hacía cosquillas en las manos, según ella, en señal de cariño.

Un día Fagus desapareció. Sofía se puso como loca. Lo buscó debajo de la mesa y en la alcoba. Luego en la cocina e incluso en las alcantarillas. Moría de tristeza y de preocupación, pero seguía yendo al trabajo. A los dos días, la chica se convulsionó en la tienda.

Sofía Guillén fue diagnosticada con una enfermedad rarísima un veinticinco de marzo del año de la liebre. Los doctores decían que jamás habían visto algo similar. Cuando llegaron los análisis de sangre encontraron grandes cantidades de veneno. ¿Qué tanto daño podía hacer una criatura aparentemente tan frágil? Pues Sofía ahora necesitaba ese veneno para vivir y no lo notó hasta que el insecto ya no estaba.

Los doctores no entendían cómo Sofía podía convivir tan alegremente con algo que le hacía tanto daño. Después de muchas pruebas, notaron que ese cosquilleo que Fagus le hacía no era de cariño, sino una forma de almacenar su veneno para crecer y reproducirse. Eso mataría eventualmente a la chica, pero igual le mataría estar lejos de él.

A los cuarenta días, Sofía estaba muy mal y Fagus apareció en el hospital. Se subió a las manos de ella y repitió el cosquilleo habitual. A las pocas horas, la chica mostraba una mejoría desorbitante. Los doctores estaban sorprendidos, pero le dieron de alta.

Sofía regresó a casa con Fagus. Eso mataría eventualmente a la chica, pero igual le mataría estar lejos de él. A las dos semanas, sonó el teléfono. Le dijeron que un antídoto estaba disponible, que le dolería un rato, pero pronto estaría mejor. Lo pensó unos minutos y -al borde del llanto- decidió regresar a Fagus a la tienda de mascotas.

Sofía acudió al hospital y le aplicaron la inyección. Durante días se retorció en la cama y sufrió los dolores más inimaginables. Llegó a desear estar muerta, pero después de un rato comenzó a sentirse bien. Sus amigos y familiares se alegraron de verla mejor, más animada e incluso dieron una fiesta para celebrar.

Al cabo de una semana, Sofía regresó en la ambulancia al hospital. Los doctores no entendían en qué había fallado el antídoto. Le aplicaron una dosis más fuerte y ella volvió a sentir el calvario. Después de unos días, notó mejoría y regresó a sus actividades.

Pasaron tres meses y a su madre le pareció extraño que Sofía regresara cada fin de semana al hospital. Los doctores aplicaban cada vez dosis más fuertes, el dolor era cada vez mayor y el daño, irreparable. Esta vez la madre de la chica pasó por ella al hospital y la llevó a su casa.

El lunes por la mañana, Sofía cogió las llaves y abrió la puerta de la entrada. -¿A dónde vas- le preguntó su mamá. -A dar una vuelta- contestó.

Sofía regresó a la tienda de mascotas a darle de comer a Fagus. Eso mataría eventualmente a la chica, pero igual le mataría estar lejos de él.

jueves, octubre 27, 2011

Cuestión de signos

Adolfo Santibáñez caminaba por el séptimo piso del número trece de la calle Destino. Tenía 21 años y el cabello rojo. Su madre dijo desde antes de nacer que sería un cáncer, pero el cumpleaños de Adolfo se había celebrado siempre en agosto. Un Leo.

Esa mañana no tenía nada de especial, como el resto de los días de Adolfo. Don Pepe, el dueño de la tienda, le esperaba como todas las mañanas con la radio encendida. El pelirrojo entró a las 7:13, en su camino al trabajo, para escuchar al locutor decir:

"Leo: hoy te espera un día ajetreado, bebe jugo de naranja para evitar el mal de ojo. Tu número de la suerte es el dos. Tu color, el rojo".

En medio de la prisa y la desesperación, Santibáñez subió las escaleras de dos en dos escalones de vuelta a su piso. Se quitó la prenda negra y se colocó el único suéter rojo que tenía. Mala decisión para el día más soleado del verano. Corrió a la cocina, sacó dos naranjas del refrigerador -que se columpiaban sobre la delgada línea entre la madurez y la putrefacción-, las cortó en dos y las exprimió con fuerza en su vaso rojo. Se bebió el líquido de dos sorbos y giró el pomo de la puerta dos veces antes de abrirla. Bajó las escaleras de dos en dos nuevamente, lo que causó que se fuese de bruces sobre el piso de la planta baja.

Esperó al segundo camión para tomarlo. Subió lentamente y se sentó en el segundo asiento del lado derecho. Cuando llegó a su destino, bajó del vehículo casi en movimiento. Caminó sobre la acera hacia el edificio de oficinas en el que laburaba, tocando todas las cosas rojas que había a su paso. Una señora canosa -con un perro café en brazos- se le quedó viendo fijamente. Adolfo se cubrió la cara con un portapapeles. -Para evitar el mal de ojo, menos mal que me tomé mi jugo de naranja antes de venir- dijo al vigilante en cuanto llegó a su oficina. Subió al primer piso, saludó a Susana -la de Compras- y se sentó en la pequeña silla gris de su cubículo. Sacó una pelotilla roja del bolsillo derecho de su pantalón y la colocó sobre el escritorio de imitación nogal. Todavía se preguntó por qué había llegado tarde.

A los cinco minutos de haber empezado a trabajar, su jefe llegó a regañarlo. -¿Por qué llegaste tarde?- dijo el sujeto -quiero tu reporte antes de las tres de la tarde- y se dio la media vuelta. Adolfo era el auxiliar del co-cordinador del área de mensajería, de una empresa que se dedicaba a la venta de muebles de imitación nogal. -¿Qué reporte podría entregar un sujeto así?- dirán ustedes. Bueno, pues Santibáñez escribía en una lista los nombres de todas las personas a las que se les había entregado mercancía ese mes. ¿Un día ajetreado? No si hubiese llegado a las once de la mañana en vez de a la una.

Corrió al archivero donde estaban guardados los pedidos y los ordenó alfabéticamente, alineándolos de dos en dos sobre el piso de imitación nogal. Cuando hubo terminado, los colocó en dos montículos y procedió a redactar su reporte. Eran las dos de la tarde.

Miró su reloj después de escribir "Nájera" y la manecilla grande apuntaba el número once. Fue a la oficina de su jefe a pedirle más tiempo. -Media hora, Santibáñez, y no más- le contestó el co-cordinador. Se arrojó hacia su oficina y comenzó a escribir: "Navajas", "Navarro", "Nieto", "Nieves". Se le acababa la tinta... y el tiempo. Cuando hubo escrito "Zúñiga", su jefe iba de salida. Acomodó los papeles como pudo y corrió a la puerta a alcanzarlo. Su superior miró el reporte de reojo mientras seguía caminando. Adolfo regresó a su cubículo. Sólo alcanzó a oír: "¡¿Con tinta roja, Santibáñez?!".

El día siguió sin encabezados. Cuando el reloj de imitación nogal hubo anunciado las seis de la tarde, Adolfo se despidió de Susana y abandonó el edificio. Esperó al segundo camión y ya saben el resto. Abrió la puerta de su departamento, entró a la cocina y se preparó una sopa instantánea. Quiso llamarle a su madre, pero recordó que -la semana pasada- el horóscopo le había dicho que se deshiciera de los teléfonos para evitar las malas vibras. Se tendió sobre el colchón y extendió la manta roja sobre su cuerpo. Cerró los ojos.

Al siguiente día, bajó las escaleras y saludó a Don Pepe. Dio algunas mordidas a su pan y le pidió a todos los presentes que guardasen silencio en cuanto el locutor anunció los horóscopos. La voz dijo a través del aparato:

"Leo: hoy perderás tu empleo, salta ocho veces sobre el pie izquierdo para sacudirte la energía negativa. Tu número de la suerte es el 3. Tu color, el fucsia intenso".

Se dispuso a subir al edificio. Cuando llevaba recorridos unos veinte metros, regresó a la tienda. -Don Pepe, ¿cómo es el fucsia intenso?- preguntó. El tendero sólo atinó a encogerse de hombros. Adolfo se apresuró a subir, aunque esta vez le tomó más trabajo subir las escaleras. Buscó la prenda rosa más brillante que tenía y se la colocó alrededor del cuello. Era una bufanda tejida que le regaló su mamá, el día de su cumpleaños. El tercer camión tardó años en llegar. Para su suerte, el tercer asiento estaba vacío. No encontró nada fucsia intenso camino a su oficina, lo cual se lo atribuyó a no haber realizado el ritual que indicó la deidad radiofónica. Al vigilante le pareció muy raro ver a Santibáñez saltar ocho veces en un pie, lo cual no hizo más que comprobar sus sospechas: el tipo estaba loco. Subió al primer piso, saludó a Susana y ésta le dijo que el co-cordinador lo estaba buscando para decirle algo importante.

Adolfo abrió la puerta de la oficina de su jefe (sí, era de imitación nogal) con una patada. Se ajustó el cinturón, se aflojó la bufanda -pues hacía un calor infernal ahí dentro- y procedió a dictar su discurso:

- Mire usted, viejo bizco, estoy harto de sus malos tratos. Pero "ora" sí, fíjese que me le adelanté. ¿Quién se cree para despedirme sin decirme algo antes? Yo conozco mi futuro y que le quede bien claro, "náiden" me va a ver la cara. Yo tengo influencias en el más allá, fíjese. "Pos" oiga, "ora" sí se pasó. Y ya, ya me cansé, no le voy a dar el gusto, fíjese. Voy a renunciar antes de que me pueda despedir. Sí, eso haré. ¡Renuncio!

Pateó la silla y de un manotazo, tiró los papeles del co-cordinador lejos del escritorio. Se acercó al sujeto -que en ese momento estaba pasmado- y le frotó la cabeza con fuerza, hasta que se le cayó el peluquín. El horóscopo nuevamente tenía razón. Adolfo Santibáñez perdió su empleo ese día.

Tomó la pelotilla roja y una placa de imitación nogal con su nombre -lo único que había en su ex-escritorio- y los guardó en una caja. No exageren, esa era de cartón. Se despidió de Susana, bajó las escaleras de tres en tres y se despidió de Don Ramiro -el vigilante-. Como estaba muy enojado, dio ocho brincos sobre el pie izquierdo, en lo que esperaba el tercer camión. No funcionó. Extendió los brazos hacia el frente, con las palmas hacia arriba y apretó los índices contra los pulgares. Cerró los ojos y respiró profundo, tal como había visto hacer a un "maestro" de yoga en un programa de televisión. Escuchó el ruido del camión y se dispuso a subir. 

Cuando llegó a su edificio, más temprano de lo normal, Don Pepe -que iba bajando las escaleras- le preguntó si se encontraba bien. Adolfo le contestó con un gruñido y giró la llave, procurando hacerlo tres veces antes de que la puerta cediese. Se acostó sobre el colchón y prendió el televisor. Lo miró hasta quedarse dormido.

Adolfo pudo haberse despertado hasta el mediodía, pero ya se encontraba en la tienda a las 7:11 a.m. Le pagó trece pesos a Don Pepe por un yogur y un pastelillo y pegó la oreja derecha a la radio. El locutor ya estaba listo para darle a Adolfo su dosis matutina:

"Leo: hoy te suicidarás, despídete de tu madre y amigos para irte tranquilo. Tu número de la suerte: el 5. Tu color, el verde pistache." 

Adolfo ya venía vestido del color sugerido, pues era el de su camisa favorita. Pasó once minutos pensando y recontando, hasta que cayó en cuenta de que no tenía amigos. De cualquier forma, abrazó a Don Pepe y le dijo adiós. El tendero soltó un par de lágrimas y le rezó a "San Juditas" por la cordura de Santibáñez. Tantos días juntos habían crecido en él un extraño cariño por el muchacho.

Esperó casi una hora a que llegase el quinto camión. El asiento número cinco estaba ocupado por una señora. Poco le importó esta vez, pues estaba pensando en cómo acabaría con su vida. 

Tres horas y media más tarde, Adolfo llegó a casa de su madre. Tocó dos veces la puerta. La vecina le dijo que su "comadre" había ido a misa, pero que no tardaba en llegar y le ofreció que esperase en su casa. Tocó tres veces más la puerta para completar el ritual y accedió al café que le ofrecían.

Su madre llegó una hora después. La vecina la vio pasar por la ventana de la cocina y le avisó -a gritos- que "Fito" la estaba esperando. Adolfo salió por la puerta del frente y le dio gracias a la "comadre" de la viuda Santibáñez. 

Una vez en la casa donde Fito había pasado la mayor parte de su vida, su madre le dio un fuerte abrazo, un sermón sobre lo flaco que estaba y una serie de besos en las mejillas, pues aunque Adolfo se agachase, ella no le alcanzaba la frente. La miró con tristeza y pensó cinco veces antes de decir: "Mami, me voy para siempre". La reacción de la mujer fue estremecedora. -Me da el soponcio- así lo describió.

Fito le explicó la situación a su madre, así como la historia de los horóscopos, los camiones y su empleo. Ella lo miró con una mezcla de pena y ternura. -Ay, mi'jito, hay algo que debí haberte dicho hace tanto tiempo- le dijo lentamente.

La señora se acercó a un viejo placard y sacó un portapapeles marrón, grueso y polvoriento. Escarbó entre la pulpa de papel, hasta que encontró lo que buscaba. Tomó una hoja azul claro -doblada a la mitad- y se la extendió a Fito. Él la tomó con las manos temblorosas y la desdobló con cuidado.

No le causó tanta sorpresa el hecho de que la viuda Santibáñez no fuera su madre, como lo que estaba a punto de descubrir. Leyó cinco veces el papel, de arriba a abajo y viceversa. Lo cerró y abrazó a la anciana, con una fusión entre desesperación y ternura.

Adolfo Santibáñez -cuyo nombre de cuna era Rodrigo- había nacido en abril. 

Un Aries.



martes, mayo 31, 2011

Suerte con la señorita

Tomás Erice salió de trabajar a las cuatro en punto. Se colocó la mochila al hombro, se puso los audífonos y emprendió la marcha hacia la estación de autobuses. Cuando había recorrido tres cuadras, se topó con un puesto de flores. Primero miró los girasoles, brillantes y altivos, luego los tulipanes, tan frágiles ellos. Caminó seis pasos más con indecisión y se encontró con el impulso de que debía regresar. Miró entonces las rosas y compró siete de color rojo. El florista se las envolvió cuidadosamente en celofán y colocó un listón rojo alrededor de los tallos.

-¿Cuánto le debo?- dijo Tomás.
-Nomás setenta pesitos- respondió el florista.

Tomás sacó su cartera, que tenía más papel que billetes, tomó uno de cien pesos y se lo extendió al señor.

-Suerte con la señorita -diciendo esto, el florista se despidió con un gesto y le entregó el ramo.

El oficinista siguió su camino hacia el transporte público y al llegar a la onceava esquina, una señora de edad avanzada le sonrió y le dijo: "Suerte con la señorita".

Cuando llegó a la estación, recargó su tarjeta electrónica y pasó por los torniquetes. Como su mochila pesaba mucho, la levantó un poco para poder pasar y golpeó levemente la espalda de un policía. Este se volteó y -después de que Tomás le ofreció una disculpa- le sonrío levemente y le dijo: "Suerte con la señorita".

Dejó que pasasen tres autobuses y se subió en el cuarto. Encontró un asiento vacío y se sentó. Al colocarse nuevamente los audífonos, notó que una chica morena estaba parada con tres bolsas en las manos, por lo que se levantó del asiento y se lo cedió. Entre las notas que salían por los auriculares, alcanzó a oír: "Gracias... y suerte con la señorita".

Cuando miró el parque a través de la ventana, supo que la siguiente era su parada. Una vez que el autobús se hubo detenido, descendió con el ramo en la mano y la mochila en el hombro. Rodeó el parque como de costumbre y saludó a su vecino con un gesto. Sí, también le deseó suerte.

Abrió la puerta del frente, dejó las llaves en la mesilla de la entrada, colocó su mochila y su saco en el perchero y se quitó los zapatos. Caminó nueve pasos sobre el piso alfombrado hacia la cocina, encendió la luz y sacó un florero de la alacena. Cortó el tallo de las rosas con cuidado, las colocó dentro del jarrón y les puso agua. Buscó en el primer cajón a un lado de la estufa y sacó una aspirina. Como no le dolía la cabeza, se la puso a las flores que habían tenido un trayecto más ajetreado.

Apagó la luz del cuarto y se dirigió a su habitación con el florero en las manos. Lo colocó sobre el altar y recorrió un poco la veladora encendida para que no le afectase a las flores. Miró la foto que reposaba en el fondo y esbozó una sonrisa.

Se acostó en la cama matrimonial, se colocó las cobijas encima, cerró los ojos y dijo con una sonrisa cortada:

-Sí, tuve suerte.

martes, mayo 17, 2011

100 Reglas para Vivir y No Morir en el Intento

Soy un desastre cuando escribo, porque quiero escribir todo acerca de todo y termino por no escribir. Afortunadamente, mi mejor amiga -fuera del Tec- es de gran ayuda para ello. Cada que se acuerda, me pide que escriba algo sobre cierto tema y así puedo poner mi neurona a trabajar. El 17 de abril, tuvo un percance y me pidió que escribiese 100 reglas para vivir y no morir en el intento. He aquí el resultado.

Regla 1: no pongas tus pensamientos en mentes ajenas. Cada cabeza es un mundo y cada quien reacciona diferente ante las cosas.

Regla 2: no hay relaciones equilibradas. En sus diferentes puntos, siempre alguien quiere más al otro.

Regla 3: el teorema de la cuerda. Hay que mantener una tensión de ambos lados, si uno se suelta o jala de más, la cuerda se rompe.

Regla 4: da lo mejor de ti mismo y sé paciente. No esperes nada del otro más que sea él mismo también.

Regla 5: nunca fuerces a alguien a hacer algo que no quiere. Lo que más debes respetar de las personas es su libertad.

Regla 6: todo lo que puedas aprender es bueno. Hasta lo más random tiene utilidad en algún momento de la vida.

Regla 7: sonríe a cada persona que te preste un servicio. Aunque sea su trabajo, es agradable que alguien note que es un servicio.

Regla 8: no te tomes la vida tan en serio, a fin de cuentas no saldremos vivos de ella.

Regla 9: cuando no sepas hacer algo, pide ayuda a alguien que sí sepa. Pretender que lo sabes trae peores consecuencias.

Regla 10: dar consejos siempre es más fácil que seguirlos. Escúchate antes de decirlos y pruébalos por ti mismo.

Regla 11: el tesoro más valioso de un hombre no es el coche, ni el artefacto de moda, es el corazón de una mujer. Valora a tu pareja.

Regla 12: no implores al cielo que guíe tus pasos, si no estás dispuesto a dar un paso.

Regla 13: no pidas ayuda si no te ayudas a ti mismo y menos si nunca has ayudado a los demás. Tiende la mano a quien la pida.

Regla 14: si quieres un mejor futuro, arregla tu presente.

Regla 15: cuando te quejes de que ganas poca plata, recuerda que hay gente que vive con el salario mínimo. Mejor trabaja más y gasta menos.

Regla 16: siempre sé la mejor versión de ti mismo.

Regla 17: nadie tiene derecho a tratarte mal. Si alguien lo hace, checa el trasfondo de las cosas y su no hay motivo aparente: no cambiará.

Regla 18: aprecia a las personas por lo que son y no por lo que tienen o aparentan ser.

Regla 19: si tienes ingreso extra, usa algo ahora y guarda algo para después. No sabes si habrá un día en que lo necesites más que ahora.

Regla 20: los seres humanos aún no podemos leer la mente. Di lo que sientes, porque sea bueno, sea malo, es lo que sientes.

Regla 21: no te rías de los errores o problemas de otros, mejor ayuda a mejorarlos.

Regla 22: no especules sobre lo que va a pasar, hay demasiados parámetros. Mejor haz las cosas y deja que el resultado te sorprenda.

Regla 23: no tengas miedo a lo que es diferente a vos. Mejor aprende de sus diferencias que a fin de cuentas es otro ser humano.

Regla 24: si quieres llegar lejos, empieza por caminar, no importa si no es la dirección más indicada, cualquier camino lleva a tu destino.

Regla 25: lo que no puedas decir con palabras, dilo con tu cuerpo. Los besos y abrazos son un idioma universal. El caso contrario también.

Regla 26: recuérdale de vez en cuando a la gente importante para vos el hecho de que lo es.

Regla 27: nunca caigas en la hipocresía. Los falsos amigos son los peores enemigos.

Regla 28: no uses el "te quiero" como muletilla, pues cuando lo uses de verdad ya no tendrá valor, ni sentido.

Regla 29: tómate el tiempo para respirar cuando estés muy agitado. Si pierdes la salud, no tiene mucho caso lo que hagas.

Regla 30: si vas a cantar, hazlo sin miedo y con fuerza. La voz más bella es una voz segura. Eso sí, una afinadita siempre ayuda.

Regla 31: obedece las señales. Si parece que algo anda mal es porque anda mal, lo mismo en el caso contrario.

Regla 32: no sufras de locura, disfrútala a cada momento. Aprovecha los momentos que te hacen perder la razón, sin hacer ni hacerte daño.

Regla 33: no critiques si no estás dispuesto a hacer algo por ello. Ver problemas es fácil, lo difícil es hallar soluciones.

Regla 34: cuando quieras que alguien sepa que estás ahí, tómalo de la mano. Durante siglos ha sido el símbolo de unión entre dos almas.

Regla 35: siempre habla de frente y en persona las cuestiones importantes o privadas. Cortar con alguien por teléfono es cobardía pura.

Regla 36: sé prudente cuando las vidas de otros dependan de vos. Nunca pongas a alguien en peligro si puedes evitarlo. Eso te incluye.

Regla 37: valora las cosas y las personas cuando las tienes y no cuando ya no están. A veces la vida es caprichosa con esta cuestión.

Regla 38: nunca olvides de dónde vienes, aunque siempre trata de ir hacia un lugar mejor. Tus raíces son parte de lo que te hace ser vos.

Regla 39: si te gusta alguien, házselo saber. Ya sea por si vos también y pasan a otro plano, o para que no te sigas haciendo ilusiones.

Regla 40: cuida los detalles, muchos pequeños hacen algo grande, para bien, para mal. No importa si es costoso o barato, que sea espontáneo.

Regla 41: deja huella en todas las personas que conozcas. Un ser humano muere hasta que lo hace la última persona que lo recuerda.

Regla 42: date la oportunidad de conocer a las personas antes de emitir juicios sobre ellas. El producto siempre vale más que la envoltura.

Regla 43: inténtalo varias veces antes de decir que no puedes. A veces los fracasos se deben a hacer las cosas en el momento menos indicado.

Regla 44: cuida tu aspecto personal. La regla 42 no es excusa para que no te bañes, un cuerpo sano es reflejo de alguien que se respeta.

Regla 45: dona sangre de vez en cuando, es el líquido que nos mantiene vivos y puede que algún día la necesites también.

Regla 46: nadie mira a su propia sombra. A veces no darle su espacio a las personas hará que pierdan interés en ti.

Regla 47: re-invéntate de vez en cuando. Los seres humanos no somos perfectos, pero sí perfectibles. Conoce tus defectos y virtudes.

Regla 48: si andas con alguien, manténte fiel, te apuesto a que vos querrías lo mismo. Recuerda que hiciste un compromiso de dos, no tres. Si ya no quieres seguir, mejor sé sincero.

Regla 49: "ser caballeroso no causa disfunción eréctil". (Diana Carrillo, 2011) Aunque ellas puedan hacer las cosas solas, te lo agradecerán y hasta saldrás ganando. (Con contribución de Gaby Santamaría y Nora de la Cruz).

Regla 50: ama lo que haces, dices y piensas. El amor es el único sentimiento con la fuerza suficiente para hacerte seguir adelante.

Regla 51: deja que tu sonrisa cambie al mundo, pero no dejes que el mundo cambie tu sonrisa. No sos Superman para arreglarlo todo.

Regla 52: atente a las consecuencias de lo que haces. Las personas no son buenas ni malas, pero sus acciones hablan por ellas.

Regla 53: el tiempo no se tiene, se hace. Dale un espacio en tu vida a las cosas y personas importantes, eso incluye tiempo para vos.

Regla 54: aprende todos los idiomas que puedas. Son puntos para el currículum y te darán mayor potencial para comunicar tus ideas.

Regla 55: cuando estés con la gente que quieres, hazles saber que en ese momento ellos son el centro de tu universo. Al menos no tuitees. 

Regla 56: escucha. Todos tienen una historia que contar, una idea que compartir, un suspiro, un te quiero. Presta atención, es importante.

Regla 57: no dejes que tus problemas te quiten el sueño. Ellos seguirán ahí cuando despiertes, mejor descansa y estarás más activo.

Regla 58: comparte. Si tienes comida, no dejes al otro morirse de hambre, hasta te sabrá mejor. En general, dar no hace daño.

Regla 59: no seas prepotente. Abusar de tu poder sólo demuestra que no mereces lo que tienes. No pierdas el piso.

Regla 60: no recurras al limbo de los mensajes no enviados. Si tienes algo que decir, presiona "enviar" antes de que te arrepientas.

Regla 61: la mejor forma de salir de un cuarto sin salida es por donde entraste. Si te sientes perdido, empieza por lo básico.

Regla 62: nunca dejes que otros paguen por tus errores. Todo lo que te pase, bueno o malo, te lo has ganado.

Regla 63: si alguien te ofrece su corazón y vos lo aceptas, cuídalo como si fuese tuyo: es el alma de una persona, no juegues con emociones.

Regla 64: concluye lo que empiezas. Cerrar los ciclos anteriores es importante para moverse a nuevos proyectos y etapas.

Regla 65: no puedes entrar al quirófano pensando que vas a matar al paciente. Léase: no te predispongas a una situación porque pasará.

Regla 66: lo más difícil de ver es lo que tienes frente a tus ojos. Mira con atención lo que el destino pone en tu camino.

Regla 67: no hay tal cosa como la mala suerte. Las supersticiones llevan a la predisposición y es dicho pesimismo lo que causa un mal día.

Regla 68: más vale arar profundo que poseer en extensión. Una empresa sólida, vale más que diez inestables.

Regla 69: la confianza es una de las cosas más valiosas de este mundo. Si alguien te entrega su confianza, cuídala y no la traiciones.

Regla 70: llegar tarde a una cita es secuestrar el tiempo de los otros. Valora su tiempo y ellos deberían valorar el tuyo.

Regla 71: el proceso de enamorar y enamorarse no es como en las películas: sin esfuerzo. Los seres no somos perfectos, toma tiempo y ganas.

Regla 72: hay que saber perder con dignidad. Eso sí, después de haber luchado hasta el final por lo que sos, piensas y quieres.

Regla 73: por más que quieras evitarle malas experiencias a los que quieres, hay cosas que deben aprender por sí mismos.

Regla 74: "Nunca le digas a nadie lo que tiene que hacer". (Diana Carrillo, 2011) Escucha y contribuye, pero no trates de resolverles la vida.

Regla 75: las mentiras son como una bola de nieve bajando por la montaña, si las dejas, seguirán creciendo hasta aplastar todo a su paso.

Regla 76: nunca dejes de sorprenderte con las cosas simples/cotidianas de la vida. El color azul del cielo es más complejo de lo que parece.

Regla 77: no generalices. Aunque suene a cliché, ni todos los hombres/mujeres son iguales, ni todos los alemanes son nazis. Adiós etiquetas.

Regla 78: entre más grande es el sueño, más grande es el esfuerzo que hay que hacer para alcanzarlo. Nada que valga la pena suele ser fácil.

Regla 79: aprende a reconocer las virtudes de otros. Si hacen algo mejor que tú, no hables mal de ellos. Cada quien tiene lo suyo.

Regla 80: tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria. Pedir perdón no reparará el daño que hayas hecho, pero es un buen comienzo.

Regla 81: siempre crea más de lo que destruyes. Si cortas un árbol, planta dos. No se compensan, se trata de destruir lo menos posible.

Regla 82: la fama significa que te conozcan muchas personas, aunque no sea por algo bueno. No vuelvas dioses a los famosos, son personas.

Regla 83: el lenguaje es hermoso por sí mismo. No lo deformes con abreviaturas, números o letras que no corresponden. No serás más cool, tenlo por seguro.

Regla 84: vive la vida no como si fuese el último día, sino como si tuvieses que vivir la misma una y otra vez por toda la eternidad.

Regla 85: ¿para qué quieres un amor de película si esos sólo duran dos horas cuando más? Ama a tu manera que de otra no te va a salir bien.

Regla 86: no gastes lo que no tienes en cosas prescindibles que no usarás más de tres veces. Los caprichos sólo lastiman el bolsillo.

Regla 87: si quieres saber algo sobre alguien, pregúntale. Si especulas o investigas, puede que te confundas más.

Regla 88: no gastes el tiempo tratando de entender a las personas, te volverás loco vos primero. Sé empático, no psicótico.

Regla 89: nunca dejes que nadie te diga que no vales la pena o que no mereces algo. Sólo vos puedes definir cuanto vales.

Regla 90: no pienses las cosas de más. A veces la gente dice y hace inconscientemente. No le des vueltas al asunto y mejor actúa en consecuencia.

Regla 91: comparte lo que has aprendido. Si el alumno supera al maestro, de alumno en alumno, alguien hará algo grande con lo que enseñes.

Regla 92: todo depende. Por mucho que se parezcan, dos vidas no pueden ser completamente paralelas. No compares ni te compares con nadie.

Regla 93: come "como si fuera la primera vez que los pruebas y te sabrá diferente". (Isis Rodríguez, 2011) Disfruta el momento y la compañía.

Regla 94: No des excusas. Siempre hay una razón para todo y la verdadera generalmente es la más comprensible. No tengas miedo a equivocarte, todos lo hacemos y es parte de aprender.

Regla 95: "la gente respeta al que está arriba del escenario por el hecho de estar arriba". (Rebeca Moreno, 2010). Tu público no se sabe el guión.

Regla 96: no tengas miedo a lo que no has visto. En la oscuridad, cualquier perchero es monstruo y las escaleras, serpientes.

Regla 97: todo en algún punto tiene su final feliz. Quizás no de película, o el esperado, pero la felicidad no es un destino, es un camino.

Regla 98: el orgullo puede servir para levantarte o para hundirte más. Si sos orgulloso, procura que sea la primera. Aprende a ceder.

Regla 99: nunca dependas de nadie. La libertad y autonomía no tienen precio. Eso no quita que somos seres sociales y nos apoyamos en otros.

Regla 100: no tengas miedo de morir, sino de no haber vivido cuando eso pase. Busca tu bien y el de los que te rodean. Sonríe y ama.

Estas reglas son producto de diecisiete años de vida, que a los adultos podría parecerles poco, pero alguien me dijo una vez que la vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento. No espero solucionar sus vidas, pero sí que esto les haga pensar y con que a alguien en este mundo le sirva, para mí habrá valido la pena. Ustedes ponen las reglas de su vida.

lunes, mayo 16, 2011

Y si me besa...

Este poema vio la luz de la peor forma que pudo. Dado que ya no lo puedo devolver a un cajón seguro, lo publico con la dignidad que merece y en su versión original. He aquí para una chica encantadora.

Es que esa niña es un amor:
su voz, sus ideas, sus ojos.
El simple hecho de estrechar su mano
me hace perder la gravedad.

Y cuando pasa,
el tiempo se hace espuma.
Hago como si no la viese,
aunque estoy seguro que sabe
que no le quito los ojos de encima.

Y cuando me mira,
no sé si estoy vivo o estoy muerto,
o mas bien, si quiero estarlo,
porque bien podría vivir en una mirada
o morir derretido en sus labios.

Y cuando se acerca,
comienzo a derivar,
delirar -quiero decir-
y derivar también,
porque qué cosa más linda
hay
que estar tangente a sus curvas.

Y cuando me besa,
bueno, pues eso no lo sé,
pero estoy seguro,
que si ya de sólo mirarla
quiero brincar de alegría,
de un beso...

Es que esa niña es un amor
y amarla yo quiero.
Y si se deja,
hacerla feliz,
porque ella feliz
ya me hace,
con sólo pasar por aquí.
Y si me habla, ¡qué mejor!
Y si se fija en mí, ¡qué decir!
Y si me mira...

Y si me mira,
me pongo muy mal,
y no sé si verla a los ojos
o salir corriendo.
Yo la verdad prefiero sus ojos,
ese par de suspiros.
Y si me acerco...

Y si se acerca,
el viento huele a una mezcla
entre mi sangre agitada
y el calor de sus encantos.
Quiero decir algo interesante,
pero la lengua no la encuentro
ni las palabras
y la boca se me ha quedado pegada
pensando en sus labios.
Y si me besa...

Y si me besa,
bueno, ha de ser lo más
delirante
como hemos de estar en ese momento.
Y me dan unas ganas de fundirme con ella
y enfriarnos en una sola pieza de bronce,
para verla todos los días
y descubrir todo lo que envuelve.
Pues es la mezcla perfecta
entre corazón y mente,
y lo que ella piensa,
y lo que mi alma siente,
y lo que pienso,
y no sé lo que ella siente:
es algo creciente,
el preciso cociente,
y descubro
que esa niña es un amor.

Es que esa niña es un amor
y amarla yo quiero.
Y seguir escribiendo poemas
sin que se espante.
Y contarle lo hermosa que es, 
y cómo me hace pensar
en cosas que antes de conocerla
no me pasaban por la cabeza.
Y decirle que estaré en su camino
tanto como me lo permita, 
que el amor no se ha ido de vacaciones
y que quien le haya hecho 
dejar de creer,
o lastimado, 
o qué se yo,
debe ser un tonto; 
sin contar que me lo ha hecho
todo más difícil.
Y hacerle saber que no soy 
un príncipe azul, 
mucho menos un cantante famoso,
pero siempre soy yo
y lo único que espero de ella
es que siga siendo como es
porque así como es
esa niña es un amor.


Y mirarla.
y que me mire.
Y escucharla
y que me escuche.
Y sentirla
y que me sienta.
Y conocerla
y que me conozca.
Y contarle 
y que me cuente.
Y creer en ella
y que crea en mí.
Y abrazarla
y que me abrace.
Y cuidarla
y que me cuide.

Y si me besa...

martes, abril 26, 2011

Queso

- Mamá, ¡cómprame un perrito!
- Ahora no, Isa, estoy ocupada.

Isa estaba sentada en el banquillo de la cocina, mientras miraba el televisor. En él, se veía un bulldog inglés blanco, de esos que tienen una mota café en el ojo. El narrador decía que el perro le había salvado la vida a una niña al sacarla del río.

- Si yo tuviese un perrito, lo peinariiiia... y lo bañariiiia... y lo vestiriiiia... y lo abraz...
- Sí, sí, Isa, pero aquí no hay espacio para uno de esos.
- Está el jardín.
- Están mis flores. Además, son muy sucios.

Isa revolvía el cereal. Cucharadas, trazos, cucharadas, trazos y trazos.

- Ya, mira como ha quedado mi dibujo.
- ¿Tiene perros?
- Eh, nooo. Bueno, uno. Tal vez dos. Unos cuantos, ya sabes.
- Entonces no lo quiero. Se me hace tarde.

Cucharada, puerta abierta, cucharada, puerta cerrada, entonces Isa suspiró.

- Si yo tuviese un perrito...

Se sentó en el diván y subió los pies. En el televisor: "Mascotas increíbles". Isa se sobaba la cabeza. Tomó una fritura de la mesilla del centro. Apagó el televisor. Se dirigió a su cuarto y colgó su dibujo junto al resto. Contó seis filas con doce dibujos cada una. Se asomó al jardín y no había nadie. Bajó las escaleras y no había ruido. Subió a la terraza y abrió un libro: "Cómo entrenar a su perro".

Seis tonos y sonó la contestadora: 

"Isa, ya voy para allá. Te llevó una sorpresa. En la alacena hay una bolsa de spaghetti, ponla a hervir en una olla grande y échale un diente de ajo y dos trocitos de cebolla. Besos."

El libro estaba en el piso. Se abrió la puerta. Los ladridos subieron las escaleras antes que la mujer. 

- Isa, no te dije que...
- Perdón, mamá, estaba cansada. 
- Mira quien llegó.

El animal no medía más de treinta centímetros. Era blanco con un mechón gris en la cabeza. Le faltaba una pata y era particularmente feo. Se le subió en la pierna a Isa.

- ¡Mi perrito!

El primer día, Isa se levantó muy temprano y le dio de desayunar a Queso. Si, ya sé, que nombre tan tonto. 

- Óyeme, tu estás aquí para contar la historia y nada más.

Cierto, cierto. Como decía, Isa sacó a pasear a Queso. Bueno, para ser sinceros, Isa salió a pasear con el perrito en sus brazos, tenía tanto miedo de que se le escapase que no lo dejaba ni tocar el suelo. Cuando el animal empezó a retorcerse en sus brazos, se metió a una veterinaria. El médico miró la criatura con desatino y le preguntó a Isa el nombre de su mascota. 

- Se llama Queso.

El veterinario procedió a poner a... ya, en serio, Isa, ¿por qué le pusiste así?

- Pues ¿no le ves la cara? Es redondo y blanco y pues así, tiene cara de queso.

Anda, bueno, bueno. El veterinario procedió a poner a Queso en una mesa y le revisó las patas.

- Tu perro está muy sano, ¿qué es lo que buscabas?
- Básicamente, una correa. Algo para que no se escape.
- Pues la correa es opcional. Los perros de esta raza son bastante dóciles. Si los tratas bien, es probable que puedan caminar a tu lado o correr sin irse muy lejos.
- Pero más vale estar seguros, ¿no?
- Buen punto. ¿De qué color?
- Verde esta bien.

El segundo día, Isa bañó a Queso y le cepilló el cabello hasta que se quedó dormido. Cuando se despertó, le dio de comer y le leyó un libro en voz alta. No es como que a Queso verdaderamente le interesase lo que Isa le leía, sin embargo, ambos habían estado solos mucho tiempo y la mútua compañía era reconfortante. Queso se acurrucó en las piernas de Isa y se quedaron dormidos hasta que la madre llegó.

El tercer día, Isa sacó a Queso a pasear con su verde correa atada al cuello. El perro caminaba altivo y confiado e Isa sonreía mientras los otros perros del parque se acercaban a oler al nuevo. Era el lugar favorito de Isa,  había pasado ahí mucho tiempo jugando con otros perros y se sentía tranquila cuando se sentaba bajo los árboles.

El cuarto día, Isa se la pasó todo el día frotando y acariciando el cabello de Queso. Fue entonces que le mordió la mano.

- ¿Por qué hiciste eso?

Nunca podremos saberlo, porque los perros no hablan... pero el alma sí. En los ojos de Queso se veía una mezcla de desesperación y arrepentimiento. Tenía el ceño fruncido, la boca apretada y las fosas de la nariz expandidas. Isa no estaba molesta, aunque sí confundida. Ese día se fue a dormir y dejó a Queso en su caja.

El quinto día no se vieron. Ni el sexto. Al séptimo día, Queso se acomodó en el regazo de Isa, quien leía "Seda". La mascota frotó su cabeza dos veces contra el abdomen de la niña. Entonces fue que ella volvió a acariciar el mechón gris que coronaba al perro. Esta vez, sólo fueron unos minutos. Depositó a Queso en su caja y se fue a la cama.

El octavo día, Queso se despertó muy temprano y se subió a la cama de Isa. La sacó a pasear. Esta vez, la correa verde se quedó en casa. Llegaron a un pequeño paraje con una cabaña en el centro. Isa le compró agua a Queso y se compró un café. Se sentaron lado a lado. El perro recargó su barbilla en la pierna izquierda de la niña. Ella tocó su mala pata. El animalillo chilló agudamente y con fuerza.

De pequeño, Queso vivía en el parque que Isa solía visitar. La vio jugar un par de veces con otros animales, pero él nunca se acercó. Sabía que Isa sólo escogía a lo más bonitos, los más peludos, los más tiernos. En ese entonces aún tenía pata. Un día de verano, una niña se acercó y vio a Queso correr en el parque, si algo tenía es que era muy rápido. La niña lo tomó con cuidado y lo llevó a su casa. Lo bañaba, lo peinaba y lo sacaba a pasear regularmente. Él frotaba su cabeza contra la pancita de la niña cuando la veía llorar y la hacía reír sacudiendo sus belfos.

Un día de invierno, Queso estaba echado sobre la cama de la otra niña, la que no era Isa. Oyó los gritos de un hombre y una mujer. Luego platos, gritos, platos, gritos y gritos. La pequeña entró corriendo a su cuarto y azotó la puerta, se acostó sobre la cama. Queso se acercó con cuidado y puso su barbilla sobre la pierna de la niña. Ella lo retiró hacia un lado. Entonces se subió a la cabecera y puso una pata en la cabeza de ella. La mujercita cerró los ojos y estiró la mano con fuerza. La ventana estaba abierta.

Los padres de la niña no querían un perro cojo. Además, era muy cansado escuchar sus lamentos por la noche. El domingo siguiente, regresaron al perro a donde lo habían encontrado. Los demás perros del parque lo acogieron, pero los visitantes del parque no. Queso se acercaba a los niños pequeños y ellos lo pateaban. Se acercaba a los ancianos y ellos se alejaban. "Cojo"- le decían- "cojo y feo". Fue entonces que Queso dejó de acercarse a la gente.

Un día llegó una mujer como buscando algo. "Este es perfecto" -dijo-. Tomó al perro en sus brazos y lo subió a su camioneta. Fue entonces que supo que su nombre sería Queso.

Ahora Queso sentía un profundo dolor en su pata. La herida nunca cerró realmente. Isa lo notó cuando vio algo rojo en sus dedos. Se asustó mucho y acudió corriendo al veterinario.

- Sólo hay que coserlo, ¿cómo es que no lo vi antes?
- Seguro fue porque la herida estaba cubierta de pelo.
- Es probable. Pero bueno, ya te lo puedes llevar.

Al noveno día, Isa se quedó en casa a cuidar a su perro. Le curó la herida con agua oxigenada un par de veces. Frotó su panza, cabeza, panza, cabeza y cabeza. Queso había sido pateado y rechazado tantas veces, que le costaba mucho trabajo creer que Isa lo estaba cuidando en ese momento. Por eso la mordió el otro día. Pensó que lo que seguía era la ventana. Y la caída.

El décimo día, Queso se paró muy contento. Despertó a Isa con un lengüetazo y la encaminó a la escuela. A la salida, ya la estaba esperando. Caminó junto a ella hasta la casa y se acomodó en su regazo hasta que terminó la tarea. Después, subieron a la terraza y ella se puso a leer "El Encanto del Erizo" en voz alta. Queso se acomodó a su lado. Ella lo abrazó con fuerza por el cuello.

Cuando despertó, no vio a Queso. Tampoco había ladridos. Entonces sintió algo duro en su espalda. El perro yacía inerte sobre el sillón. Isa se asustó mucho y comenzó a llorar. Acarició el mechón gris.

- Despierta, Queso, ya es hora de ir a la escuela.

Nada. Ni un ladrido.

- Anda, flojo, vamos a llegar tarde.

Sin respuesta. Lo sacudió un poco y cada vez con más fuerza. Cuando vio que su pecho no se movía, lo tomó del cuello, lo acomodó en su regazo y lo abrazó fuerte, muy fuerte. Luego lo soltó. No se movía. Isa se dirigió al jardín con el bultito en sus manos. Su madre había hecho unos hoyos para plantar rosas y tulipanes. Acomodó a Queso en uno de ellos y frotó el mechón gris. Luego se alejó. Tomó una tablilla y escribió en ella:

"Aquí duerme Queso. Perdona que tanto calor te haya derretido."

Caminó nuevamente hacia el jardín con la tablilla en una mano y el hombro derecho en la otra. La cabeza agachada. Cubrió el cuerpecillo con una manta que encontró en el cobertizo. Se sentó en el pasto junto a él, una mano en el mechón, cara, mechón, lágrima, mechón, lágrima y lágrima. Ahí pasó el viento y los pájaros. Silencio. Tres horas parecieron diez minutos. Entonces cubrió la manta de tierra y colocó la tablilla sobre el montículo. La hundió un poco hasta que se quedó quieta.

Ya no llores, Isa.

- Lo ahogué, ¿entiendes? Lo ahogué. Tenía tanto miedo de que se fuera. De volver a estar sola. Era un perro precioso, ¿sabes? Con su mechón gris y esos ojitos que lo decían todo, aunque no hablara. Con él me sentía importante. Sólo quería demostrárselo. Eso. Que era importante para mí y que me hacía sentir importante.

Hay otras formas. A lo mejor lo sabía. A lo mejor no.

- Mejor estar seguros, ¿no?

Tal vez. Depende. No a todos les gusta que estés encima de ellos. Hay que darles su espacio.

- Yo sólo quería que lo supiese.

El libro estaba en el piso. Se abrió la puerta. Los ladridos se escuchaban en el cuarto.

Despierta, Isa, es hora de ir a la escuela.

Era el onceavo día.

viernes, abril 22, 2011

Yo quiero ser feliz.

Lo poco que pienso en ti, lo mucho que me recuerda a ti, lo poco que te extraño, lo mucho que nos parecemos. El tiempo que quise ser como tú, el tiempo que quiero ser todo menos tú, el tiempo que te ofrecí, el tiempo que no me diste. Un abrazo, dos peleas, tres "te quiero", cuatro golpes, cinco vacaciones, seis días sin verte, siete sonrisas, ocho lamentos, nueve consejos, diez maldiciones, once perdones, doce reclamos, trece comidas, catorce insultos, quince engaños, dieciséis decepciones, diecisiete años sin tenerte realmente aquí y sigo contando.

Total que ni estás, que ni me dejas, que me pides algo, que no ofreces nada. Qué triste que pidas amor con amenazas, que tengas que venderte, que tengas que ofrecerte como un buen producto,  que la experiencia diga lo contrario. No me puedo quejar, pues aunque lo haga no escuchas. No culpes a alguien más por lo que tú mismo te has buscado.

Yo quiero ser feliz, y todo indica que tú no lo vas a permitir. Todo es colateral, sí. Te creo, no. Mídete y déjame vivir. 

Yo quiero ser feliz y todo depende. Todo depende de ti, de si estás bien, porque entonces las cosas no se rompen, entonces no hay que temer, no hay que esconderse, no hay que construir un cobertizo y prepararse para el tornado, no hay que agachar la cabeza y todo queda en el pasado. De si estás mal, porque entonces hay que buscarle, planear nuevos rumbos, preocuparse, gastar energía en tenerte contento. Hay que rascar la arena en busca de agua y el pasado queda aquí, y el pasado ya no es pasado.

La persistencia de la memoria, algo por lo que no te has preocupado, se te olvida que no olvido. Se te olvida que cada que cierre los ojos, voy a volver a ese día en que cerraste la puerta. Escucharé el crujido de mi hombro y sentiré la sangre caliente. Sentiré la adrenalina en mi cuello. Escucharé los gritos de mi abuela y no veré nada. Nada más que tu rostro con ira. Tu aliento a repudio y alcohol. Tus ojos perdidos en la inmensidad de tu enojo. Veré la pantalla de un celular y dos o tres palabras que para ti fueron una oda. Una oda a lo posesivo de ti. Una oda a lo inseguro de ti. Una oda a lo que nunca muestras, pero no lo necesitas, porque yo lo veo. Y entonces veo tu mano en mi mejilla, en cámara lenta, ya no como cuando era más pequeño y lo hacías con ternura, ahora es "como hombre" -dices tú-, un par de veces más. Duele, te lo juro. Te juro que no soy de palo. Te juro que siento.

Siento tu rodilla en mi pecho. Siento cómo el aire se va y no vuelve. Siento el brazo frío y mis manos oprimidas. Lo único que atino es estirar la pierna, con toda mi fuerza. Repelerte, como los polos iguales que somos. Ambos tenemos la misma pasión, pero en sentidos contrarios. Yo buscaba hacerte bien y tú hacerme daño. Empujé tu pierna, tu vientre con un poco más de fuerza y -con la que me quedaba- clavé mi talón en lo que menos tienes, porque si tuvieses no existiría esta escena. Al ver tu virilidad en peligro -sí, como no- te doblaste un poco y yo aproveché para salir. No llegué muy lejos.

Un brazo me jaló hacia la pared y otro se clavó en mi abdomen. Uno, dos, tres. Y no podía creerlo. Cuatro, cinco, seis. Y para entonces ya estaba sangrando. Siete, ocho. Y claro que tú no te acuerdas, ni de eso, ni de otras veces. Siempre es mejor decir que no lo haces. La imagen, ¿no? Eso es lo que importa, según tú. Según yo, me importaba más salir vivo de ahí.

Cerré los brazos, hasta que mis codos y mis costillas eran uno y arremetí contra ti. Grité, y todo era una mezcla de agua y sal, de odio y sangre, de desesperación y saliva. No sé si te hubiese importado tener que enterrarme. Quiero creer que sí, si me quieres tanto como dices. Yo creo que si lo hicieses, no lo dirías tanto, como hacia ti, como queriendo creerlo, y simplemente yo lo sabría. No sé como llegó mi pie a tu cara, pero agradecí que hubiese una cama cuando caí de espaldas. Sí, este es de mis recuerdos menos favoritos, y el más recurrente. Ahí ya me daba por muerto, pensé en cinco personas, cuando apareció una.

No sé cómo entró, pero que bien que lo hizo. Mi tío formaba un arco entre tu furia y mi cuerpo. ¿Sabías que doblas mi peso? No, ni siquiera sabes mi color favorito. Quise levantar el brazo, pero no estaba en su lugar, así que di la vuelta sobre la cama. Te dije de tontos y de putas, lo admito, pero ¿qué más tenía para defenderme? Tomé a mi hermano de la mano, que para mí siempre ha sido símbolo de unión entre dos almas. Quería que supiese que yo estaba ahí y que no iba a permitir que le hicieses lo mismo que a mí. Lo baje a mi estudio y me encerré con él.

Marqué diez dígitos, me dio seis tonos y contestó una voz grabada. Aún no sabía que a ella la habías dejado peor que a mí. Nunca me había sentido tan solo. Entonces llamé a la persona en quien menos debí haber confiado, pero ya no había otra opción. Al igual que la policía, nunca asistió a mi llamado.

Después bajaste a tocar la puerta, primero con violencia y luego con tu mejor mentira: perdón. Ahora ya no me trago tus disculpas insulsas, pero en ese entonces no eran tan frecuentes. Yo sólo quería salir de ahí. Tú no ibas a ceder. Me arrojaste al sillón y yo no ofrecí resistencia. Me dijiste "escúchame, escúchame". Yo ya no estaba ahí. Al menos mi mente no. Te sentaste en mis piernas. Me sentí invadido, indefenso, violado. Yo sólo quería correr y llevarme a mi hermano. Todavía tenía que llegar a un examen. Te ofreciste a llevarme a la escuela y también a él. Te pedí que me ofrecieses algo con lo que yo supiese que no le harías daño. Me dijiste que te llevabas a mi tía con nosotros. Por lo menos era ganancia. Me subí a tu coche y me acordé de mi brazo. Me cambié la mochila de lado. No quería que mis amigos me viesen así. 

Hubieras visto ese día. Hasta lloró quien es ahora mi mejor amiga. Yo creo que así de mal me veía. Se veían preocupados, cosa que agradezco. En todo el día no levanté los brazos para que no se notase tanto que algo andaba mal. Hacía calor, entonces me quité la chamarra como pude. Era clase de informática en el cuarto piso. Tus manos habían quedado marcadas en mis brazos. Sentí vergüenza. Medio conté mi historia para aligerarla, que no pareciese importante. Ahora te digo que lo es y te comparto este recuerdo. 

Sólo quiero que me asegures el futuro que algún día me prometiste. He hecho todo para valerme por mí mismo, pero no puedo con todo. Tú dijiste un día que no harías lo mismo que tu padre hizo contigo. Yo creo que lo que hiciste es bastante peor. ¿Y sabes qué? No te odio, no te guardo rencor, pero siento mucha incertidumbre. Incertidumbre de lo que pueda pasar mañana. Sigo viviendo al día, pero los días se van haciendo más difíciles y yo quiero ser feliz.

Quiero ser feliz porque tengo una mamá que me cuida y un hermano que cuidar. Un par de mejores amigos geniales -mis alas- y una chica especial. Gente a la que quiero y valoro, a los que llamo amigos. Una buena escuela y un trabajo que me llena. Música, un techo, comida, ropa y cuatro socios que me apoyan. ¿Sabes? Quiero ser feliz por que la vida ha sido buena conmigo y yo quiero poder ser bueno con ella. Quiero regresarle los favores que me ha hecho. Quiero serle útil a los demás. Ser un excelente médico. Que la editorial realmente sirva para que la gente se cultive y comparta sus ideas. Quiero ser feliz y hacer feliz a alguien. Quiero que mis amigos no tengan que estar escuchando mis quejas porque son las mismas de siempre. 

No me vengas con el cuento de siempre, de que todo son inventos de la gente. Yo te vi ese día de febrero. Me metí al restaurante antes de que las chavas te tomaran la foto. Te vi bailar. Te vi bajar la mano. Te vi sellar el trato. Luego vi el corazón de mi madre romperse frente a la ventana y lo único que quería era que tú también te rompieras algo. Luego comprendí que esos deseos no eran sanos, porque a fin de cuentas somos humanos y hacemos estupideces. También comprendí que nada volvería a ser igual, porque habías pasado de ser Superman a Superdecepción. Lo que sería valioso es que reconozcas tus errores. Por salud. Cierra un ciclo. No es justo jugar con el corazón de las personas, ni con su hipocampo y su hipotálamo. ¿Sabías que el cerebro no distingue el dolor emocional del dolor físico? Un corazón roto te puede causar un derrame cerebral. En general, si alguien te entrega su corazón y tú lo aceptas, hay que cuidarlo como si fuese el tuyo. ¿Cómo cuidas el tuyo?

Antes de aquél febrero en que todo se perdió yo era paciente, alegre y no me importaba que mi vida fuese un constante desajuste. Ahora, cada que voy al Starbucks pido la misma bebida, porque sabe a Navidad, a casa, porque sé que siempre va a ser lo mismo, porque es algo seguro. Lo sé, es patético, pero a veces uno busca símbolos en las cosas que parecen insignificantes. Eso es algo que siempre me ha gustado: volver algo que es insignificante en un recuerdo, porque así siento que toco pedacitos de mi memoria. Tengo boletos de teatro, notas en servilletas y hasta la tapa de un smoothie, que a lo mejor para cualquiera pueden ser nada, pero para mí son especiales. 

Ya encontré donde me perdí y estoy intentando volver al camino. Quiero ser feliz, ¿entiendes? Yo sé que no me traicionaste a mí, pero las mentiras, los chantajes, esos si fueron directos. Dice siempre mi madre que no entiende cómo pudiste cambiar tanto. Yo creo que no has cambiado. Desde que te conozco eras así, posesivo, violento, pero como eras mi padre yo no podía juzgarte. Creo que no podría juzgar a nadie hasta que pueda juzgarme a mí mismo. Que si algún día lo logro, quizás ya no esté en este mundo para darme cuenta. Ese no es el punto. El punto era que le haces daño y yo ya me cansé. Y como no me escuchas, temo informarte que ahora todo el mundo se va enterar. Qué pena me da, en verdad, pero tú siempre has dado tu opinión y no me has dejado opinar. ¿Y sabes qué? Ya no me voy a callar. Tengo una voz y voy a hacer algo productivo con ella, pero por ahora aprovecho para decirte algunas cosas pendientes. Probablemente será la última vez que escuches algo tan personal de mí y me aflige que sea por este medio tan público. Te la voy a dejar venir, como dice Sebas -mi amigo/hermano-:

Gracias a ti cambiaron mis ideas sobre las relaciones. Comenzó a darme miedo relacionarme por temor a que me fuesen a traicionar, me volví desconfiado. No quería atar a nadie a mí, porque ¿qué tal que un día ya no quisiese estar conmigo? yo no quisiera que me traicionase. Por eso prefiero que sea una relación con base en la libertad de amar de cada persona, pues el día que alguien ya no quiera estar conmigo, prefiero que me sea sincero y parta sin más, a que me esté mintiendo. Yo sé que las normas sociales indican que debes darle a las personas un título, pero a mí eso de etiquetar a la gente no me gusta. Tú me dijiste que amara. Nunca me dijiste cómo. Yo amo lo que hago, lo que digo y lo que pienso. Decía el Che que los verdaderos revolucionarios están movidos por grandes sentimientos de amor. Yo amo a la gente que me deja amarla. Y a mí. 

La verdad es que soy un iluso. Yo del amor lo espero todo. Mi pareja ha de ser mi amiga, ha de significar para mí un reto -enamorarla cada día-, una motivación -la de ver sus ojos brillar cuando me ve, que le de gusto estar conmigo-, un deseo -no ahogarla, ni hostigarla, que todo sea porque ella decide que quiere pasar un rato juntos-, una esperanza -la de llegar y decirle "¿Sabes qué? Hice tal y tal cosa." y que le importe- , una ilusión cada día -la de haber conocido a alguien tan genial como para que te den ganas de quererla y tener la oportunidad de estar en su vida-. 

¿Sabes? Porque tener pareja es tener un proyecto en común, para lo que es necesario ir de la mano. Es un hombro en cual llorar, alguien que te empuje o que te frene cuando hace falta. Tu otro yo y hasta tu otro anti-yo. Es alguien que conoce cosas de ti que ni tú mismo conoces, tus mejores virtudes y tus peores defectos y te quiere a pesar de que los sabe. Es encontrar y por un momento, dejar de buscar. Es alguien que te hace sentir en casa aunque estés muy lejos, que te da eso que necesitas que nadie más te da, que en mi caso, es paz. Un estado "zen" bien chistoso.

Es alguien al que ves especial entre miles de personas, es alguien con quien deseas estar, compartir tus ideas y sentimientos. Es una extensión de ti. Es una amistad diferente. Y lo mejor es que no esperas nada de ella mas que sea ella misma, porque ella es todo eso y más, sin que se de cuenta. Y eso es lo "cool". Decía "El Principito" que cuando uno conoce una flor de la cual sólo hay un ejemplar en millones de estrellas, basta que la mire para ser dichoso. Y todos los que lean esto y digan "qué cursi", ya les llegará el momento y se acordarán de mí. 

Por su parte, uno como pareja debe cuidar a la otra persona por el hecho de ser la otra persona, el "significant other" como dicen los gringos. Debe de mandarle un mensajito de vez en cuando para ver que está bien, pero sólo cuando lo sientes, porque -si no- es acosador o falso, se puede caer en varios extremos. Sobretodo, debe hacerle saber a la otra persona que se está ahí con ella. Ojo, con ella. No para ella, ni por ella. Eso es co-dependencia. No está padre. El chiste es acompañarla en el viaje, no que su viaje se convierta en el tuyo, ni tú hacer su viaje. Hacer lo que uno sienta que debe hacer. Tener paciencia. Llevarse la fiesta al ritmo de ambos. Sobretodo, escuchar. Eso es lo más importante, en serio. Cuando uno escucha, aprende cosas, nota detalles importantes y las cosas mejoran. Decir cosas interesantes ayuda mucho, creo, pero si sólo dijésemos cosas inteligentes, nos quedaríamos callados mucho rato, diría Óscar Wilde. Algo que también es bello es regalar un detallito de vez en cuando, unas flores es algo más personal porque tienes que saber cuáles le gustan, pero ese es el chiste, que le pongas atención. Otro punto es que aprendas a bailar, es bien padre -la verdad- a mí me gusta muchísimo, pero soy bien "tronco" cuando me pongo nervioso. Creo que el punto más importante es el lenguaje corporal. Los abrazos son bien bonitos porque -en ese momento- la caja toráccica de ambos queda a una altura similar y, dado que cuando abrazas los pulsos carotídeos se asemejan, ambos corazones laten juntos. Algo médicamente cursi. Los besos también, pero hay de muchos colores. Hay blancos, como los que son en la frente, son como un escudo, un "yo te cuido". Hay grises, como los que se dan cotidianamente, que ya son casi pura costumbre. Hay negros, que son los que se dan en los momentos de enojo. Hay rojos, que son rápidos, intensos, húmedos. Hay amarillos, que son esos que te hacen brillar como el Sol. Hay azules que te llenan de paz y verdes que te llenan de vida. Hay rosas, que son los primeros, esos que son lentos, más miedo que pasión, pero que lo dicen todo. Y mi favorito, "un baiser en coleurs", ese beso misterioso, que cada día es diferente. Y la seguridad, esa sensación de saber que en alguna parte del universo, alguien piensa en ti.

¿Ya ves? Yo creo que podríamos tener pláticas bien padres si me dejases hablar. Yo sé que soy "bien pinche intenso" y que a veces "doy miedo". Pero ¿sabes qué? Me gusta cómo soy y yo sé que "no soy como tú quisieras", pero así soy y seguiré tratando de ser mejor y de ser feliz, pero voy a seguir siendo yo. Todavía sigo creando barreras para no dejar a la gente pasar tan fácilmente. Dice Steph que es mi "instinto de médico" para que no me enrolle con los pacientes cuando llegue el momento.

Y yo quiero ser feliz. Si tú quieres ser feliz conmigo, entonces pon de tu parte. Deja de lastimar a mi mamá, que tiene corazón de pollo, que siempre ha sido chingona y luchona, pero que te has ido encargando de apagar su luz. Cuida a mi hermano y no lo lleves con tus putas, yo no me quiero meter en tu vida privada, pero respétalo un poquito. Y en cuanto a mí, yo sólo quiero que me ayudes a ser feliz, que mejores mi entorno y me liberes de tu sombra y que si de verdad quieres tener una buena relación, entonces pongas de tu parte y en lugar de que me digas "que mi padre es bien padre", me lo demuestres de vez en cuando. Lo más valioso que tengo son los pedacitos de lo que fue un corazón, pero yo sé que si los pego, puede quedar bien padre, como uno de esos vitrales que hacen mis amigos con pedacitos de cristal. Así que yo aquí estoy, escribiendo, trabajando y divagando como siempre. ¿Y tú donde estás?

Venga, no te viene bien ser el malo del cuento. Has tenido tus cosas buenas, yo lo sé. Reconozco que en ti hay una persona que puede hacer las cosas imposibles, posibles. Mi infancia fue feliz y eso te lo agradezco, pero nos quedan muchos años por delante.

Dicen que te peleas con la gente más importante en tu vida porque esas son las relaciones por las que vale la pena pelear. Hazme saber que mi futuro estará seguro, dame la paz de saber que tengo papá, deja de lastimar a la gente que te quiere, pero sobretodo, sé feliz ¿vale? Me cuesta trabajo decir estas cosas, así que avísame cuando leas esto. Y a todo el público en general, perdón por molestarlos con mis tonterías, pero ojalá les sirva de reflexión si son padres y la están regando. O en general, ojalá sirva de algo.