Reconozco, amigos míos, que conozco bien la causa por la que se me enjuicia: no sé cumplir los deseos de la gente. No me entiendan mal, como toda buena persona siempre he tratado de interpretar el papel de estrella fugaz y de genio de la lámpara por igual, no debería extrañarles que no haya obtenido un mejor resultado que todos los otros: el fracaso. Hoy me paro frente a este estrado de amorosos seres y de impíos adversarios por igual, para confirmar la más abrumadora sentencia: esto es lo que soy.
Me encantaría tener múltiples trajes de mí metidos en el placard. Así cada que me toque visitar a alguien, sería cuestión de calzarme el disfraz que más se adapte a lo que se espera de mí. Desgraciadamente, eso tiene dos problemas: el primero, necesitaría un armario estúpidamente enorme para todas las variedades y caprichos -eso sin contar que pueden cambiar de un día para el otro-; el segundo, les estaría mintiendo a todos y, -peor aún- a mí mismo.
Antes siquiera de que llegara a este mundo, las expectativas de lo que debía ser ya me estaban esperando. No me imagino la cara de mi papá cuando vio que su dulce y hermosa niña tan soñada portaba entre sus piernas un presuntuoso y despreocupado pene -colgando descaradamente al aire mientras se acostumbraba al nuevo ambiente fuera del refugio maternal-. Y yo sé que después me quisieron mucho y agradecían haber tenido un chico sano y todas esas cosas que dicen las mamás cada que alguna amiga les chulea al tamal pelón que traen cargando a todas partes hasta que aprende a caminar, pero debería ser ilegal que los padres conocieran el sexo de su bebé antes de nacer para que no tengan que andar cambiando el color del cuarto y dejándole toda la ropita a esa prima -o esa hija de la chingada, como diría alguna tía honesta- que para comprar (con tanto sudor) se encargaron de endeudarse con la tarjeta de crédito.
Luego el niño crece y se vuelve la fábrica de mocos más adorable del mundo. Y entonces, de la nada, le sale una plasta negra en la cabeza que parece cabello. Ah, pero claro, las expectativas regresan de visita y le recuerdan a la primeriza madre: "¿qué no querías que tu Chenchito tuviera el cabello rizadito y peinadito cual príncipe encantador?". Y ahí va la mamá y sale corriendo con la curandera de la colonia que le da la receta con la que los aztecas dejaban radiantes a sus xolos. "Vas y le rapas toda la cabeza, te compras un jitomate, lo picas en cuadritos y se lo pones en la cabeza, como si lo quisieras hacer a la mexicana, luego le jalas las medias a doña Gertrudis y le pones una en la cabeza al Chenchito y verás como cuando crezca le quedan los pelos bien chulos". Afortunadamente, el bebé sólo se siente hombre del espacio y no razona el aspecto ridículo que ha sido obligado a portar por tres semanas. Quince años y treinta litros de gel después, a Chenchito le siguen jalando los pelos antes de irse a la escuela y su mamá le recuerda todo el esfuerzo: "yo que te ponía tu jitomatito todos los días para que quedaras como los galanes de la tele y tú ni te peinas". Y sí, en lo profundo de su mente, todavía se sigue preguntando por qué no salió güero, a diferencia de ella y de su esposo. Otra expectativa estrellada en la pared.
Los padres pasan más o menos un año esperando a que su "retoño" decida pararse sobre sus piernas y dar sus primeros pasos. Cuando esto sucede, le celebran la gracia con aplausos y ríos de helado, lo que motiva al infante a mejorar cada vez más su espectáculo. El fin de semana sale de gira a presentar su número a tíos, abuelos, primos y cualquier incauto. Después de tanta práctica, el bebé domina el arte de caminar y empieza a hacerlo más rápido. Curiosamente, lo que antes eran sonrisas, pasan a ser gritos. Como buena estrella, el niño conoce su primera caída de la fama y la popularidad. Los papás-razzi ya no lo persiguen con cámaras cada que hace un movimiento, en cambio, lo acusan de asesino de jarrones y ladrón de galletas. Y aquí es donde empieza la etapa del "quédate quieto" y sus amigos: "salte de ahí", "no te vayas tan lejos", "sólo donde yo te vea" y "siéntate y cállate". ¿Por qué insistías tanto en que moviese mis piernitas si ahora que ya te cansaste de la gracia no me dejas caminar? ¿Será que nuevamente no cumplo tus expectativas?
Se me olvidó mencionar que al mismo tiempo, como el acto de mover las dos piernas coordinadamente, acelerar, tropezar y volar por los aires ya no es suficiente para arrancar sonrisas y llamar la atención, el bebé empieza a buscar nuevos trucos. Como si algún destello celestial le hubiese dado la respuesta, los balbuceos de siempre articulan un par de sílabas: mamá. Y las ovaciones vuelven, el público enloquece y el niño súper estrella regresa a estar en los encabezados. Por si fuera poco, la audiencia masculina aclama la repetición del número, esta vez con un nuevo par de sílabas: papá. Y justo cuando Chenchito creía que había pasado a la historia, justo cuando estaban por llamarlo a hacer su espectáculo en las Vegas junto a Celine Dion, ahora que domina alrededor de dos mil palabras diferentes y puede ponerlas en un orden coherente y entendible para otros humanos mayores, alguno de sus padres corta las ilusiones de fama eterna: "que te calles, he dicho". A esto le siguen: "guarda silencio", "compórtate", "me tienes harto" y "cierra la boca", entre otros, dependiendo la amplitud del léxico de los progenitores.
Y todavía no he pasado del primer año, pero lo que quiero dejar claro ante esta corte, honorables señores, es que mi pecado no es nuevo. Nunca he podido cumplir expectativas y, sin embargo, esta no es la peor de mis ofensas, el asunto es que no es de mi interés tener contentos a todos porque sé que es una tarea que me costaría la vida y mi persona. Yo ya no tengo vuelta atrás, pero no condenen a los nuevos seres a ser parte del club de los ahogados.
El niño crece y los padres siguen llenándolo de expectativas. Que si no se queda quieto y quiere explorar el mundo: "¿por qué no te comportas?". Que si hace travesuras: "¿por qué no puedes ser un niño bueno?". Que si se come todas las galletas de la alacena, que si le asustan los monstruos del cuarto de lavado, que si le da miedo el gigantesco grano de la señora de la tienda, que si todo el día habla de su amigo el extraterrestre.
Querido juez, imploro que usted haga algo por salvar a estos seres tan vulnerables, les estamos arrebatando la esperanza en la bondad, les estamos sometiendo a nuestras frustraciones y a nuestros miedos. ¿Por qué no podemos entender que sólo son niños? No tienen por qué comportarse de acuerdo al sistema y a los estatutos morales, no tienen por qué ser como nosotros queramos, no tienen por qué ser lo que no fuimos porque nuestros padres hicieron lo mismo con nosotros.
Estoy tan cansado de las expectativas, señor. Porque soy imperfecto, porque sé que nunca voy a poder cumplir las de todos. ¿Por qué no podemos amar al otro por lo que es y como es? ¿Por qué no podemos ceder a nuestro egoísmo y simplemente entender que diferente no es malo?
Señor, hay mucha gente muriendo allá fuera y pasando hambre. Gente exponiendo su cuerpo a cirugías plásticas, arriesgando su salud porque sus allegados esperan que sea bella, porque no supieron ver que ya lo era para alguien, sólo que su definición no coincidía con la del mundo en el que le tocó estar. Gente negándose a comer y vomitando para que alguien les diga algo bonito. Gente matando otra gente para cumplir con la labor que una patria humana supuestamente espera de ellos. Gente durmiendo poco para cumplir los caprichos materiales de las bocas que aparte de todo tiene que alimentar. Gente esperando algo, siempre esperando, ¿y qué hay de dar?
Soy un ahogado, juez. Y estoy orgulloso de serlo. Por mucho tiempo no lo estuve y lo escondía. Por mucho tiempo traté de cambiarlo. Hoy ya no.
Invito a todos ustedes, honorables seres del jurado a mirar un poco en sus entrañas y preguntarse ¿qué esperan otros de ustedes? ¿Qué esperan ustedes de los demás? Abandonen por un momento esas expectativas y agradezcan que a su alrededor hay gente amándolos, gente que probablemente está sufriendo por cumplir sus expectativas a cambio de que ustedes les digan que los aman también, de que valoren su esfuerzo. Sean piadosos y abandonen esas expectativas para siempre, acepten a aquél que tienen a su alrededor, porque no es perfecto y nunca lo va a ser, igual que ustedes.
Hagan las cosas porque les nace y no porque estén obligados a hacerlo. No obliguen a los otros a hacer lo que no quieran. Si algo no les gusta de ustedes, cámbienlo, pero háganlo porque ustedes quieren, no para agradar a los demás. Un amigo es aquel que te acepta sin importar lo que eres y que no espera nada más de ti que lo que puedes dar. Ya sé que esto está lleno de contradicciones. "¿Cómo carajo quieres que espere algo si dices que no espere nada?", lo siento, el diccionario no tiene suficientes palabras. Y eso está bien, porque hay cosas que simplemente no podemos expresar.
Abandonemos nuestra educación judeocristiana occidental que está llena de vicios. Les contaré por qué. Nos han enseñado que Dios nos espera en el cielo y espera que seamos buenos, que amemos al prójimo como a nosotros mismos. Nos han enseñado que Dios está lleno de expectativas sobre nosotros, que para acabarla escribió en un libro enorme, el más vendido de todos los tiempos para que no se nos olvidaran. Y si nos hizo a su imagen y semejanza, ¿cómo podemos esperar que nuestra cultura no esté plagada de expectativas sobre los otros y sobre nosotros mismos? Por eso todo el mundo a nuestro alrededor siempre nos decepciona, por eso nuestra vida siempre nos decepciona de alguna u otra manera, porque pasamos desperdiciándola en esperar que la felicidad llegue a nosotros en lugar de utilizarla en lo que es realmente importante: vivir.
Esperar nos mantendrá siempre pasivos, siempre viviendo de ilusiones, en lugar de vivir este momento. Si nuestra vida no es como quisiéramos, hay que tomar acción, cambiarla y agradecer por lo que somos y lo que hemos sido, porque al final es producto no sólo de nuestros placeres sino también del dolor. Bien dicen que el que no hace lo que quiere, termina en donde no quiere.
En cuanto a mí, el ahogado, no espero nada de ustedes. Y si son puristas, dirán "si no esperas nada, entonces están esperando algo". No jodan y si quieren escuchen y si no, pues ya ni modo. Me llena de dolor ver a mis amigos, familiares, pareja y conocidos sufrir por querer ser algo que nunca van a ser, ni yo lo seré tampoco: perfectos para los demás. Disfrutemos hoy nuestra individualidad, abracemos nuestros defectos y los de los que nos rodean, agradezcamos por las virtudes y crezcamos hacia algo mejor. Cabe recordar que me refiero a mejor para nosotros, porque probablemente no sea lo mejor para otros y eso está bien. Dejemos está terrible codependencia cultural en la que buscamos aprobación para ser felices, en la que traicionamos nuestra esencia para darle gusto a los demás, no temamos perder gente en el camino. En cuanto uno empiece a ser lo que realmente es, llegará gente que piensa como nosotros, otra a la que probablemente no le gustásemos tanto se irá, pero debemos afrontar las pérdidas con valor y darle la bienvenida a las nuevas caras.
Soy un ahogado. Y pienso. Y lloro. Y me río. Y soy humano igual que ustedes. Y sé que nunca seré perfecto. La gente me llama arrogante y narcisista por no darle gusto a nadie. Por favor, no pidan más de lo que tengo que ofrecer, que siempre es lo mejor de mí. (Y ustedes dicen: "ya estás esperando algo", pero no realmente, si no lo hacen, igual son bienvenidos) Y lo mejor de mí, soy yo.