Este es un trabajo de ficción. Los personajes, incidentes y diálogos son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es arrogancia, la realidad siempre supera la ficción.
Sofía Guillén fue diagnosticada con una enfermedad rarísima un veinticinco de marzo del año de la liebre. Los doctores decían que jamás habían visto algo similar. -Se le achicaron las entrañas- contaban algunos. -Más bien se le ha hecho grande el corazón- coincidían otros.
Sofía -fuera de la pesada tristeza que cargaba en la espalda- se sentía físicamente en orden, lo que quizás no le hizo mella de ir al doctor. La placa que dormía sobre su escritorio decía que era administradora, pero su ser indicaba algo diferente. -¡Primero muerta que veterinaria!- gritaba su padre. -Además, ¿de qué vas a vivir? No hay lugar para ti en este país- y la mandaba a dormir. Diez minutos más tarde, su madre subía a acariciarle la cabeza, lamentándose de que ella sería la que tendría que cuidar al animal que vivía en su casa. ¡Cómo hacía falta una veterinaria!
Dos años atrás había llegado un insecto grande y blanco a la tienda de mascotas donde la chica trabajaba. Tenía un aspecto amable y hasta familiar, incluso tierno. Sofía estaba por agarrarlo cuando su jefe gritó: ¡aléjate de esa criatura! Ella dio un salto hacia atrás. -¿Qué no sabes que el Fagus feminus tiene un veneno muy poderoso en su interior? Una sola gota haría desearte estar muerta. Ten cuidado, niña- le indicó el encargado.
Sofía hizo caso a la advertencia. Sin embargo, cada día ofrecía menos resistencia a su curiosidad. Se metió a la Wikipedia y encontró un articulo sobre el dichoso animal. "El Fagus feminus es un insecto engañoso, pero tremendamente letal". -¿Qué tanto daño podía hacer una criatura aparentemente tan frágil- pensaba. Finalmente, sucumbió a su impulso.
Un día que su jefe salió de compras se acercó a la prisión de cristal. Sacó al animalillo de su encierro y este le agradeció haciéndole cosquillas en la palma de la mano. A Sofía le pareció fantástico. Estuvieron juegueteando un rato y ella se convenció de que era inofensivo. Justo cuando iba a devolverlo, la criatura le rogó que no lo hiciese, que sufría mucho allá adentro. No, no hablaba, pero la chica sabía entender bien a seres tan vanos. Antes de que regresase el encargado, Sofía escribió una factura por la compra del insecto. Gastó todos sus ahorros en él.
Al día siguiente, su jefe le preguntó qué había sucedido con el Fagus. Ella le contestó que lo había adquirido una pareja de arqueólogos alemanes. A pesar de la extrañeza de la historia, le creyó.
Sofía y Fagus comían y dormían juntos. Incluso, ella empezó a contarle sus cosas cuando llegaba a casa después de una jornada larga. Claro, hasta que se reconocía estúpida y callaba. Estaba encantada con el animalillo. Le impresionaba cómo algo tan pequeño podía hacer cosas tan grandes. Y le fascinaba cómo le hacía cosquillas en las manos, según ella, en señal de cariño.
Un día Fagus desapareció. Sofía se puso como loca. Lo buscó debajo de la mesa y en la alcoba. Luego en la cocina e incluso en las alcantarillas. Moría de tristeza y de preocupación, pero seguía yendo al trabajo. A los dos días, la chica se convulsionó en la tienda.
Sofía Guillén fue diagnosticada con una enfermedad rarísima un veinticinco de marzo del año de la liebre. Los doctores decían que jamás habían visto algo similar. Cuando llegaron los análisis de sangre encontraron grandes cantidades de veneno. ¿Qué tanto daño podía hacer una criatura aparentemente tan frágil? Pues Sofía ahora necesitaba ese veneno para vivir y no lo notó hasta que el insecto ya no estaba.
Los doctores no entendían cómo Sofía podía convivir tan alegremente con algo que le hacía tanto daño. Después de muchas pruebas, notaron que ese cosquilleo que Fagus le hacía no era de cariño, sino una forma de almacenar su veneno para crecer y reproducirse. Eso mataría eventualmente a la chica, pero igual le mataría estar lejos de él.
A los cuarenta días, Sofía estaba muy mal y Fagus apareció en el hospital. Se subió a las manos de ella y repitió el cosquilleo habitual. A las pocas horas, la chica mostraba una mejoría desorbitante. Los doctores estaban sorprendidos, pero le dieron de alta.
Sofía regresó a casa con Fagus. Eso mataría eventualmente a la chica, pero igual le mataría estar lejos de él. A las dos semanas, sonó el teléfono. Le dijeron que un antídoto estaba disponible, que le dolería un rato, pero pronto estaría mejor. Lo pensó unos minutos y -al borde del llanto- decidió regresar a Fagus a la tienda de mascotas.
Sofía acudió al hospital y le aplicaron la inyección. Durante días se retorció en la cama y sufrió los dolores más inimaginables. Llegó a desear estar muerta, pero después de un rato comenzó a sentirse bien. Sus amigos y familiares se alegraron de verla mejor, más animada e incluso dieron una fiesta para celebrar.
Al cabo de una semana, Sofía regresó en la ambulancia al hospital. Los doctores no entendían en qué había fallado el antídoto. Le aplicaron una dosis más fuerte y ella volvió a sentir el calvario. Después de unos días, notó mejoría y regresó a sus actividades.
Pasaron tres meses y a su madre le pareció extraño que Sofía regresara cada fin de semana al hospital. Los doctores aplicaban cada vez dosis más fuertes, el dolor era cada vez mayor y el daño, irreparable. Esta vez la madre de la chica pasó por ella al hospital y la llevó a su casa.
El lunes por la mañana, Sofía cogió las llaves y abrió la puerta de la entrada. -¿A dónde vas- le preguntó su mamá. -A dar una vuelta- contestó.
Sofía regresó a la tienda de mascotas a darle de comer a Fagus. Eso mataría eventualmente a la chica, pero igual le mataría estar lejos de él.
Sofía Guillén fue diagnosticada con una enfermedad rarísima un veinticinco de marzo del año de la liebre. Los doctores decían que jamás habían visto algo similar. -Se le achicaron las entrañas- contaban algunos. -Más bien se le ha hecho grande el corazón- coincidían otros.
Sofía -fuera de la pesada tristeza que cargaba en la espalda- se sentía físicamente en orden, lo que quizás no le hizo mella de ir al doctor. La placa que dormía sobre su escritorio decía que era administradora, pero su ser indicaba algo diferente. -¡Primero muerta que veterinaria!- gritaba su padre. -Además, ¿de qué vas a vivir? No hay lugar para ti en este país- y la mandaba a dormir. Diez minutos más tarde, su madre subía a acariciarle la cabeza, lamentándose de que ella sería la que tendría que cuidar al animal que vivía en su casa. ¡Cómo hacía falta una veterinaria!
Dos años atrás había llegado un insecto grande y blanco a la tienda de mascotas donde la chica trabajaba. Tenía un aspecto amable y hasta familiar, incluso tierno. Sofía estaba por agarrarlo cuando su jefe gritó: ¡aléjate de esa criatura! Ella dio un salto hacia atrás. -¿Qué no sabes que el Fagus feminus tiene un veneno muy poderoso en su interior? Una sola gota haría desearte estar muerta. Ten cuidado, niña- le indicó el encargado.
Sofía hizo caso a la advertencia. Sin embargo, cada día ofrecía menos resistencia a su curiosidad. Se metió a la Wikipedia y encontró un articulo sobre el dichoso animal. "El Fagus feminus es un insecto engañoso, pero tremendamente letal". -¿Qué tanto daño podía hacer una criatura aparentemente tan frágil- pensaba. Finalmente, sucumbió a su impulso.
Un día que su jefe salió de compras se acercó a la prisión de cristal. Sacó al animalillo de su encierro y este le agradeció haciéndole cosquillas en la palma de la mano. A Sofía le pareció fantástico. Estuvieron juegueteando un rato y ella se convenció de que era inofensivo. Justo cuando iba a devolverlo, la criatura le rogó que no lo hiciese, que sufría mucho allá adentro. No, no hablaba, pero la chica sabía entender bien a seres tan vanos. Antes de que regresase el encargado, Sofía escribió una factura por la compra del insecto. Gastó todos sus ahorros en él.
Al día siguiente, su jefe le preguntó qué había sucedido con el Fagus. Ella le contestó que lo había adquirido una pareja de arqueólogos alemanes. A pesar de la extrañeza de la historia, le creyó.
Sofía y Fagus comían y dormían juntos. Incluso, ella empezó a contarle sus cosas cuando llegaba a casa después de una jornada larga. Claro, hasta que se reconocía estúpida y callaba. Estaba encantada con el animalillo. Le impresionaba cómo algo tan pequeño podía hacer cosas tan grandes. Y le fascinaba cómo le hacía cosquillas en las manos, según ella, en señal de cariño.
Un día Fagus desapareció. Sofía se puso como loca. Lo buscó debajo de la mesa y en la alcoba. Luego en la cocina e incluso en las alcantarillas. Moría de tristeza y de preocupación, pero seguía yendo al trabajo. A los dos días, la chica se convulsionó en la tienda.
Sofía Guillén fue diagnosticada con una enfermedad rarísima un veinticinco de marzo del año de la liebre. Los doctores decían que jamás habían visto algo similar. Cuando llegaron los análisis de sangre encontraron grandes cantidades de veneno. ¿Qué tanto daño podía hacer una criatura aparentemente tan frágil? Pues Sofía ahora necesitaba ese veneno para vivir y no lo notó hasta que el insecto ya no estaba.
Los doctores no entendían cómo Sofía podía convivir tan alegremente con algo que le hacía tanto daño. Después de muchas pruebas, notaron que ese cosquilleo que Fagus le hacía no era de cariño, sino una forma de almacenar su veneno para crecer y reproducirse. Eso mataría eventualmente a la chica, pero igual le mataría estar lejos de él.
A los cuarenta días, Sofía estaba muy mal y Fagus apareció en el hospital. Se subió a las manos de ella y repitió el cosquilleo habitual. A las pocas horas, la chica mostraba una mejoría desorbitante. Los doctores estaban sorprendidos, pero le dieron de alta.
Sofía regresó a casa con Fagus. Eso mataría eventualmente a la chica, pero igual le mataría estar lejos de él. A las dos semanas, sonó el teléfono. Le dijeron que un antídoto estaba disponible, que le dolería un rato, pero pronto estaría mejor. Lo pensó unos minutos y -al borde del llanto- decidió regresar a Fagus a la tienda de mascotas.
Sofía acudió al hospital y le aplicaron la inyección. Durante días se retorció en la cama y sufrió los dolores más inimaginables. Llegó a desear estar muerta, pero después de un rato comenzó a sentirse bien. Sus amigos y familiares se alegraron de verla mejor, más animada e incluso dieron una fiesta para celebrar.
Al cabo de una semana, Sofía regresó en la ambulancia al hospital. Los doctores no entendían en qué había fallado el antídoto. Le aplicaron una dosis más fuerte y ella volvió a sentir el calvario. Después de unos días, notó mejoría y regresó a sus actividades.
Pasaron tres meses y a su madre le pareció extraño que Sofía regresara cada fin de semana al hospital. Los doctores aplicaban cada vez dosis más fuertes, el dolor era cada vez mayor y el daño, irreparable. Esta vez la madre de la chica pasó por ella al hospital y la llevó a su casa.
El lunes por la mañana, Sofía cogió las llaves y abrió la puerta de la entrada. -¿A dónde vas- le preguntó su mamá. -A dar una vuelta- contestó.
Sofía regresó a la tienda de mascotas a darle de comer a Fagus. Eso mataría eventualmente a la chica, pero igual le mataría estar lejos de él.